PADRES APOSTOLICOS

Padres Apostólicos

Se le llama Padres Apostólicos a los escritores cristianos de los siglos I y II que se sabe o se considera que se relacionaron personalmente con algunos de los apóstoles, o que fueron influidos por ellos, de modo que sus escritos se consideren ecos de las enseñanzas apostólicas genuinas. Aunque algunos lo restringen a aquellos que realmente fueron discípulos de los apóstoles, el término se aplica por extensión a ciertos escritores que se cree que anteriormente lo fueron y virtualmente incluye todos los restos de literatura cristiana primitiva anterior a las grandes apologías del siglo II, y que forman el vínculo de la tradición que une a éstos últimos escritores con los del Nuevo Testamento.
Aparentemente el nombre era desconocido en la literatura cristiana antes de fines del siglo XVII. Sin embargo, el término apostólico se usaba comúnmente para designar las Iglesias, personas, escritos, etc. de principios del siglo II, cuando San Ignacio de Antioquía en el exordio a su Epístola a los Tralios saludó a su Iglesia “al modo apostólico”. En 1672 Jean-Baptiste Cotelier (Colelerio) publicó su “SS. Patrum qui temporibus apostolicis floruerunt opera”, cuyo título se abrevió a “Bibliotheca Patrum Apostolicorum” por L. J. Ittig en su edición (Leipzig 1699) de los mismos escritos. El término se usa universalmente desde entonces.
La lista de Padres incluidos bajo este título ha variado, pues el criticismo literario ha removido algunos que anteriormente se consideraban escritores del siglo II, mientras que la publicación (Constantinopla, 1883) del Didache le ha añadido uno a la lista. Son de suma importancia los tres obispos del siglo I: San Clemente de Roma, San Ignacio de Antioquía y San Policarpo de Esmirna, de cuyas relaciones personales con los apóstoles no hay duda. Clemente, obispo de Roma y tercer sucesor de San Pedro en el papado, “había visto a los santos apóstoles (Pedro y Pablo y había conversado con ellos” (San Ireneo, Adv. Haer., III, III, 3). Ignacio fue el segundo sucesor de San Pedro en la Sede de Antioquia (Eusebio, Historia de la Iglesia, III.36) y durante su vida en ese centro de actividad cristiana puede haberse encontrado con otros del grupo apostólico. Una tradición aceptada, substanciada por la similitud de los pensamientos de Ignacio con las ideas de los escritos de Juan, lo declara discípulo de San Juan. Policarpo fue “instruido por los apóstoles” (Ireneo, op. cit., III, III, 4) y había sido discípulo de San Juan (Eusebio, op. cit., III, 36; V.20) cuyo contemporáneo fue por casi veinte años.
Además de éstos, cuyo rango como Padres Apostólicos en el sentido estricto de la palabra es irrefutable, hay dos escritores del siglo I a quienes generalmente se les concede un lugar con ellos: el autor del Didache y el autor de la “Epístola de Bernabé”. El primero afirma que su enseñanza es la de los apóstoles, y su obra, quizás la pieza más antigua existente de literatura cristiana no inspirada, le da visos a su reclamo; al último, incluso si él no fue el apóstol y compañero de San Pablo, muchos le adscriben haber escrito durante la última década del siglo I, y puede haber estado directamente bajo la influencia apostólica, aunque su epístola no lo sugiere claramente
El período de tiempo cubierto por estos escritos se extiende desde las últimas dos décadas del siglo I con el Didache (80-100). Clemente (c. 97) y probablemente Pseudo-Bernabé (96-98), durante la primera mitad del siglo II, y la cronología aproximada cubre a Ignacio (110-117), Policarpo (110-120), Hermas, en su forma presente (c. 150), Papías (c. 150).
Geográficamente, a Roma la representan Clemente y Hermas; Policarpo escribió desde Esmirna, de donde también Ignacio envió cuatro de las siete epístolas que escribió en su camino de Antioquía a Asia Menor; San Papías fue obispo de Hierápolis en Frigia; el Didache fue escrito en Egipto o Siria; la carta a Bernabé, en Alejandría. Los escritos de los Padres Apostólicos generalmente están en forma epistolar, a manera de las epístolas canónicas, y fueron escritos en su mayoría, no con el propósito de instruir a los cristianos en general, sino para una guía a individuos o iglesias locales en alguna necesidad momentánea. Felizmente, los escritores ampliaron tanto su tema que se combinaron para hacer un precioso retrato de la comunidad cristiana en la época que siguió a la muerte de San Juan. Así Clemente, en una preocupación paternal por las Iglesias encomendadas a su cuidado, intentó sanar una disensión en Corinto e insistió en los principios de unidad y sumisión a la autoridad, como el mejor conducente a la paz; Ignacio, ferviente en su gratitud a las Iglesias que lo consolaron en su camino al martirio, les envía cartas de reconocimiento, llenas con admoniciones contra la prevaleciente herejía y exhortaciones altamente espirituales para mantener la unidad de la fe en sumisión a los obispos; Policarpo, al enviar las cartas de Ignacio a Filipo, envía, según requerido, una simple carta de consejo y aliento.
Escritas bajo tales circunstancias, las obras de los Padres Apostólicos no se caracterizan por exposiciones sistemáticas de doctrina o brillantez de estilo. Solo “Diogneto” evidencia habilidad literaria y refinamiento. Ignacio sobresale por su notable personalidad y profundidad de opinión. Cada cual escribe para su propósito presente, en vista primariamente a las necesidades reales de sus auditores, pero, en la exuberancia de la caridad y entusiasmo primitivos, su corazón destila su mensaje de fidelidad a la gloriosa herencia apostólica, de ánimo en sus dificultades presentes, de cuidado para el futuro con sus amenazantes peligros. El tono dominante es el de devoción ferviente a los hermanos en la fe, revelando la profundidad y anchura del celo que le impartieron los apóstoles. Las cartas de los tres obispos, junto con el Didache proclaman la más sincera alabanza a los apóstoles, cuya memoria ellos mantienen con devoción filial y profunda; pero su reconocimiento de la superioridad inaccesible de sus maestros es igualmente bien confirmada por la ausencia de su cartas de ese tono inspirado claro que marca los escritos de los apóstoles.
Al estar entre la era del Nuevo Testamento y la florescencia literaria de fines del siglo II, esos escritores representan los elementos originales de la tradición cristiana. Ellos no pretenden tratar sobre la doctrina y práctica cristiana de forma completa y eruditamente y no puede esperarse, por lo tanto, que contesten todas las preguntas respecto a los orígenes cristianos.
Su silencio en algunos puntos no implican su ignorancia sobre ellos, mucho menos su negación; ni sus afirmaciones dicen todo lo que debe saberse. El valor dogmático de su enseñanza es, sin embargo, del más alto orden, considerando la gran antigüedad de los documentos y la competencia de los autores para trasmitir la doctrina apostólica más pura. Este hecho no recibió su debido aprecio incluso durante el período de la actividad teológica medieval. El creciente entusiasmo por la Teología Positiva que marcó el siglo XVII centró su atención en los Padres Apostólicos; desde entonces ellos han sido los testigos más ávidamente consultados para las creencias y prácticas de la Iglesia durante la primera mitad del siglo II. Su enseñanza está basada en las Escrituras, es decir, el Antiguo Testamento, y en las palabras de Jesucristo y sus apóstoles. La actividad de estos últimos fue decisiva. Aunque, a juzgar por sus escritos, el Canon del Nuevo Testamento no estaba todavía definitivamente establecido, es significativo que con la excepción de la
Parcos como necesariamente son en su testimonio, los Padres Apostólicos son testigos de la fe de los cristianos en sus principales misterios de la Unidad y Trinidad divinas. La fórmula Trinitaria aparece frecuentemente. Si a la Divinidad del Espíritu Santo se alude sólo una vez obscuramente en Hermas, se debe recordar que la Iglesia no estaba todavía perturbada por las herejías anti-Trinitarias.
La justificación se recibe tanto por la fe como por las obras; y se insiste tan claramente en la eficacia de las buenas obras que es fútil representar a los Padres Apostólicos como fracasados en comprender las enseñanzas pertinentes de San Pablo. Se cita tanto los puntos de vista tanto de San Pablo como de Santiago, y ambos son considerados complementarios (Ep. Clemente 31-35; Ignacio a Policarpo VI). Hermas insiste sobre las buenas obras (Vis., III, 1 Simil., V, 3), y Bernabé proclama (c. XIX) su necesidad para la salvación.
La Iglesia, la Iglesia “Católica”, como la llama Ignacio por primera vez (de Esmirna 8) toma el lugar del pueblo escogido; es el Cuerpo Místico de Cristo, siendo los fieles sus miembros, unidos por una sola fe y una sola esperanza, y por la caridad que nos mueve a la ayuda mutua. La organización jerárquica del ministerio y la debida sumisión de los inferiores a la autoridad aseguran esta unidad. Sobre este punto la enseñanza de los Padres Apostólicos parece representar un marcado desarrollo en el avance de la práctica del período apostólico. Pero se debe notar que el tono familiar con el cual se trata la autoridad episcopal descarta la posibilidad de que sea una novedad. El Didache puede aún así tratar sobre “profetas”, “apóstoles” y misioneros itinerantes (X-XI, XIII-XIV), pero esta no es una etapa en el desarrollo. Es anómalo, fuera de la corriente del desarrollo. Clemente e Ignacio presentan la jerarquía, organizada y completa, con sus órdenes de obispos, sacerdotes y diáconos, ministros de la liturgia eucarística y administradores de temporalidades.
La Epístola de Clemente es la filosofía de la “apostolicidad”, y su corolario, la sucesión apostólica. Ignacio da abundantes ilustraciones prácticas de lo que Clemente estableció en principio. Para Ignacio el obispo es el centro de la unidad (Efesios 4), cuya autoridad todos debemos obedecer como se obedecería a Dios, en cuyo lugar el obispo gobierna (Policarpo 6, Magnesios 6 y 13, de Esmirna 8 y 11, Tralios 12); pues la unidad con y sumisión al obispo son la única seguridad de fe. El que ocupa la Silla de San Pedro en Romaes la suprema autoridad en la Iglesia. La intervención de Clemente en los asuntos de Corinto y el lenguaje de Ignacio al hablar de la Iglesia de Roma en el exordio de su Epístola a los Romanos debe ser entendido a la luz del cargo que Cristo confirió a San Pedro. Uno gira alrededor del otro. La más profunda reverencia por la memoria de San Pedro es visible en los escritos de San Clemente y San Ignacio. Ellos parean su nombre con el de San Pablo, y así efectivamente confutan el antagonismo entre ambos apóstoles, que la teoría de Tübingen postulaba al trazar el pretendido desarrollo de la Iglesia unida a partir de las discordantes facciones de Pedro y Pablo.
Entre los Sacramentos a los que se alude está el Bautismo, al cual Ignacio se refiere (Policarpo 2 y de Esmirna 8), y del cual Hermas habla como el modo necesario de entrar a la Iglesia y a la salvación (Vis., III, 3, 5; Simil., IX, 16), el modo de pasar de la muerte a la vida (Simil., VIII,6), mientras que el Didache trata sobre él litúrgicamente. (VII). El Didache e Ignacio mencionan la Eucaristía (14), y el ultimo utiliza el término para significar el “cuerpo de Nuestro Salvador Jesucristo” (de Esmirna 7; Efesios 20; de Filadelfia 4). El tema de Hermas es la penitencia, y la aconseja como necesaria y un posible recurso para todo el que peque después del bautismo (Vis., III, 7; Simil., VIII, 6, 8, 9, 11). El Didache se refiere a la confesión de los pecados (IV, XIV) como hace Bernabé (XIX). Una exposición de las enseñanzas dogmáticas de los Padres individuales se halla bajo sus respectivos nombres.
Los Padres Apostólicos, como un grupo, no se hallan en ningún manuscrito. La historia literaria de cada uno se hallará en relación con los estudios individuales. La primera edición fue la antedicha de Cotelerio (París, 1672). Contenía a Bernabé, Clemente, Hermas, Ignacio y Policarpo. Una reimpresión por Jean Leclerc (Clérico) (Amberes, 1698-1700; Amsterdan, 1724) contenía mucho material adicional. Las últimas ediciones son las del Obispo anglicano, J.B. Lightfoot, “Los Padres Apostólicos” (5 vols., Londres, 1889-1890); edición abreviada, Lightfoot-Harmer, Londres, I vol., 1893; Gebhardt, Harnack, y Zahn, “Patrum Apostolicorum Opera” (Leipzig, 1901); y von Funk, “Patres Apostolici” (2da. ed., Tübingen, 1901), en todos los cuales se hallan abundantes referencias a la literatura de los dos siglos anteriores. El último trabajo mencionado apareció primero (Tübingen, vol. I, 1878, 1887; vol. II,,1881) como una quinta edición de la “Opera Patr. Apostolicorum” de Hefele (Tübingen, 1839; 4ta ed., 1855) enriquecido con notas (críticas, exegéticas, históricas), prolegómeno, índices y una versión en latín. La segunda edición llena todas las Justas demandas de una presentación crítica de estos antiguos e importantes escritos, y en su introducción y notas ofrece el mejor tratado católico sobre este tema.
A continuación, se da un breve resumen de algunos de los escritores más conocidos de los cristianos primitivos. En el futuro, espero poder añadir algunos de sus escritos en esta página web.
Primer siglo
Clemente de Roma – Obispo en Roma
Clemente de Roma fue obispo de una iglesia en la ciudad de Roma en los fines del primer siglo. Su carta a la iglesia de Corinto es muy parecido a las cartas pastorales del Nuevo Testamento. Es muy posible que este Clemente conocía a Pablo de manera personal. No se debe confundir con Clemente de Alejandría, quién abajo está listado.
Ignacio – Obispo en Antioquía
Ignacio fue obispo en Antioquía y es muy posible que él conocía al apóstol Juan personalmente. Sus cartas reflejan una victoria sobre el martirio, pues él estaba condenado a morir por su fe en Jesús.
Policarpo — Discípulo del apóstol Juan
Policarpo servía a las congregaciones de Asia. En su juventud él acompañó al apóstol Juan y aprendió a sus pies. Parece ser que Juan mismo lo ordenó como obispo de la congregación en Esmirna. Si es correcto que “los ángeles” de las siete iglesias de Apocalipsis se refieren a los obispos de las iglesias, entonces “el ángel” de la iglesia en Esmirna pueda haber sido el mismo Policarpo. (Véase Apocalipsis 1.20 y 2.8.) Si es así, qué grato es notar que el Señor Jesucristo no reprendió en nada a la iglesia de Esmirna. Policarpo vivió hasta una edad de por lo menos 87 años. Fue martirizado alrededor del año 155 d. de J.C.
Segundo siglo
Ireneo — Eslabón importante con los apóstoles
Uno de los discípulos personales de Policarpo fue Ireneo, quien después se mudó a Francia como misionero. Cuando el obispo de la congregación en Lyon fue muerto en una ola de persecución, Ireneo fue llamado a reemplazarle. La iglesia en todo el mundo elogiaba a Ireneo como hombre justo y piadoso. Como discípulo de Policarpo, quien a su vez era discípulo del apóstol Juan, Ireneo sirve como eslabón importante con la época de los apóstoles. Fue martirizado cerca del año 200.
Justino el mártir — Filósofo convertido en evangelista
Durante la vida de Policarpo, un filósofo joven llamado Justino emprendió un viaje espiritual en búsqueda de la verdad. El solía andar en un campo solitario que miraba hacia el Mar Mediterráneo para meditar. Un día mientras andaba allí vio que un anciano caminaba tras él. Deseando la soledad, Justino se dio vuelta y miró bruscamente al anciano intruso. Pero el anciano no se molestó. Más bien comenzó a conversar con Justino.
Al aprender que Justino era filósofo, el anciano le hizo preguntas escudriñadoras, preguntas que ponían a la luz lo vacío de la filosofía humana. Años después, Justino contó los recuerdos de aquel encuentro, escribiendo: “Cuando el anciano había terminado de hablar estas cosas y muchas más, se fue, exhortándome a que meditara en lo que había hablado. Desde entonces no lo he visto, pero de inmediato una llama se encendió en mi alma. Me inundó un gran amor por los profetas y los amigos de Cristo. Después de reflexionar más en lo que el anciano me había dicho, me di cuenta de que el cristianismo era la única filosofía verdadera y valiosa.”
Aun después de convertirse al cristianismo, Justino siempre se ponía su túnica de filósofo para dar a conocer que él había hallado la única filosofía verdadera. En verdad, él se convirtió en evangelista para los filósofos paganos. Dedicó su vida a aclarar el significado del cristianismo a los romanos cultos. Sus defensas escritas a los romanos son las apologías cristianas más antiguas que existen.
Justino se demostró evangelista capacitado. Convirtió a muchos romanos a la fe cristiana, tanto cultos como incultos. Al fin, un grupo de filósofos, tramando su muerte, le mandaron aprehender. Justino escogió morir antes de negar a Cristo. Fue martirizado hacia el año 165. Después de su muerte, fue conocido por muchos como Justino el mártir.
Clemente de Alejandría — Instructor de nuevos conversos
Otro filósofo que halló el cristianismo en su búsqueda de la verdad fue Clemente. Viendo la vanidad de la filosofía humana, se volvió a Cristo. Después de convertirse en cristiano, viajó por todo el imperio romano, aprendiendo los preceptos de la fe cristiana personalmente de los maestros cristianos más ancianos y estimados. Los escritos de Clemente, fechados hacia el año 190, reflejan la suma de la sabiduría de sus maestros. Han inspirado a muchos cristianos a través de los siglos, inclusive a Juan Wesley. Con el tiempo, Clemente se mudó a Alejandría, Egipto. Fue ordenado anciano en aquella congregación y encargado de instruir a los nuevos conversos.
Orígenes — Una mente aguda dedicada a Dios
Entre los alumnos de Clemente en Alejandría había un joven hábil llamado Orígenes. Cuando Orígenes tenía sólo 17 años, estalló una persecución severa en Alejandría. Los padres de Orígenes eran cristianos fieles, y cuando su padre fue apresado, Orígenes le escribió una carta, animándolo a que permaneciera fiel y no renunciara a Cristo por causa de su preocupación por su familia. Cuando se anunció la fecha para su juicio, Orígenes decidió acompañar a su padre al juicio para morir con el. Pero durante la noche anterior, mientras dormía, su madre escondió toda su ropa para que no pudiera salir de la casa. Así es que se le salvó la vida.
Aunque tenía sólo 17 años, Orígenes se distinguió en la iglesia de Alejandría por el cuidado amoroso que prestaba a sus hermanos en la fe durante la persecución. Pero las turbas enfurecidas también notaron el cuidado de Orígenes por los cristianos perseguidos, y en varias ocasiones Orígenes apenas escapó con la vida.
Orígenes había aprendido la gramática y la literatura griega de su padre, y empezó a dar clases privadas para sostener a sus hermanos menores. Era maestro tan sobresaliente que muchos padres paganos mandaron a sus hijos a recibir instrucción de Orígenes. Pero muchos de estos jóvenes se convirtieron en cristianos como resultado del testimonio de Orígenes.
Mientras tanto, Clemente, el maestro encargado del adoctrinamiento de los nuevos conversos, estaba en peligro. Los oficiales de la ciudad tramaron su muerte, y él se vio obligado a escapar a otra ciudad para continuar su servicio cristiano. En una decisión extraordinaria, los ancianos cristianos de Alejandría le nombraron a Orígenes, de sólo 18 años, para tomar el lugar de Clemente como maestro principal en la escuela para los nuevos conversos. Fue decisión sabia, y Orígenes se dedicó de corazón a la obra. Dejó su profesión de pocos meses como instructor de gramática y literatura. Vendió a plazos todos sus libros de obras griegas, viviendo en la pobreza de lo poquito que recibió mensualmente de la venta de ellos. Rehusó aceptar sueldo alguno por su trabajo como maestro cristiano. Y después de sus clases de cada día, estudiaba las Escrituras hasta horas avanzadas de la noche.
Pronto Orígenes llegó a ser uno de los maestros más estimados de su día. A los pocos años, algunos de sus alumnos le pidieron que diera una serie de discursos de exposición bíblica, comentando sobre cada libro de la Biblia, pasaje por pasaje. Los alumnos pagaron escribas los cuales escribieron lo que Orígenes decía, y estos escritos llegaron a ser los primeros comentarios bíblicos que se produjeron. No fue intención de Orígenes que estos comentarios se tomaran muy en serio. A menudo él se salía del texto y daba suposiciones personales. En todo el comentario, mantuvo un espíritu apacible, poco contencioso. Muchas veces terminó su discurso, diciendo: “Bien que así me parece a mí, pero puede ser que otro tenga más entendimiento que yo”.
Orígenes tenía una de las más brillantes mentes de su día. Estaba en correspondencia personal con uno de los emperadores romanos. Pero su fama también atrajo la atención de los enemigos de los cristianos. Varias veces tuvo que trasladarse para otro lugar para escapar de la persecución. Sin embargo, llegó a los 70 años. En ese entonces sus perseguidores lo aprehendieron y lo torturaron. Pero por más que lo torturaron, él no negó a Jesús. Y al fin dejaron de torturarlo, exasperados. Con todo, Orígenes nunca se recuperó de la tortura y al fin murió.
Tertuliano — Apologista a los romanos
A los cristianos del occidente, Tertuliano es quizás el más conocido de todos los escritores cristianos de los primeros siglos. Llegó a ser anciano en la iglesia de Cartago en el África del norte.4 Tertuliano era uno de los apologistas más hábiles de la iglesia primitiva. El escribió en latín, no en griego como la mayoría de los cristianos primitivos. A Tertuliano se le recuerda por varios dichos famosos, por ejemplo: “La sangre de los mártires es la semilla de la iglesia”.
Tertuliano escribió entre los años 190 y 210 d. de J.C. Además de sus obras apologéticas, Tertuliano escribió varias obras cortas, tanto cartas como tratados, para animar a los cristianos apresados o para exhortar a los creyentes que mantuvieran su separación con el mundo.
Al final de su vida, Tertuliano se unió a la secta montanista, la cual por lo general se aferró a la doctrina cristiana ortodoxa, pero añadió normas estrictas sobre la disciplina en la iglesia y el trato duro del cuerpo. Por lo menos la mitad de las obras de Tertuliano se escribieron antes que él se hiciera montanista. Y además, ya que este grupo no se apartó de los fundamentos de la fe cristiana, aun sus escritos de después tienen gran valor en iluminar el pensamiento de los cristianos primitivos.
Tercer siglo
Cipriano — Un rico que todo lo entregó a Cristo
Uno de los alumnos espirituales de Tertuliano se llamaba Cipriano. Había sido romano rico, pero se convirtió en cristiano a la edad de 40 años. Aunque alumno de Tertuliano, no se unió a los montanistas. Siempre se opuso a los herejes y a las tendencias sectarias.
Como cristiano recién convertido, Cipriano estaba tan agradecido por su vida nueva en Cristo que vendió todo lo que tenía y lo repartió a los pobres. Se gozó de estar libre del peso de las responsabilidades de sus posesiones materiales. Sus escritos contienen unas de las palabras más conmovedoras que jamás se han escrito acerca del nuevo nacimiento del cristiano. Su entrega total a Cristo pronto ganó el respeto de la iglesia en Cartago. Después de unos pocos años, en una decisión sin precedente, le llamaron a ser obispo de la iglesia allí.
Los escritos de Cipriano tienen un valor especial ya que constan mayormente de cartas personales a otros ancianos cristianos e iglesias. En sus cartas vemos los intereses y los problemas diarios de las congregaciones cristianas de aquel entonces. Cipriano se vio obligado a trabajar como pastor clandestinamente, ya que durante la mayor parte de su ministerio rugía la persecución contra la iglesia. Como pastor, trabajaba incansablemente, dando su tiempo y su vida por el rebaño de Cristo que le había sido encomendado. Al fin, fue aprehendido por los romanos y decapitado en el año 258.
Lactancio — Maestro del hijo del emperador
Lactancio es poco conocido a los cristianos de hoy en día. En esto, nosotros perdemos, porque Lactancio escribió con claridad y elocuencia extraordinaria. Antes de convertirse al cristianismo, fue instructor célebre de la retórica. Aun el emperador Diocleciano le alabó. Después de su conversión, dedicó sus habilidades literarias a la causa de Cristo. Sobrevivió la última gran persecución de los romanos contra la iglesia al principio del cuarto siglo. Con el tiempo, hizo su hogar en Francia. Aunque Lactancio era muy anciano cuando Constantino se hizo emperador, éste le pidió que volviera a Roma para ser el profesor particular de su hijo mayor.
Los escritos de Lactancio tienen gran importancia para nosotros porque se escribieron al final de la época pre-Constantina de la iglesia. Demuestran ampliamente que la gran mayoría de las creencias cristianas habían cambiado muy poco durante los 220 años entre la muerte del apóstol Juan y el principio del reinado de Constantino.

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