SACRIFICIO MEMORIAL Y EUCARISTÍA
(Ing. José Pinto – 25/04/2023)
En la Antigua Alianza del pueblo israelita se celebraban varios tipos de sacrificios, todos ellos apuntaban al sacrificio de Cristo por la humanidad, básicamente se pueden clasificar en dos grupos principales:
1. Ofrendas como regalo a Dios y de comunión por la Paz, estos eran de olor grato y agradable a Dios (cf. Lv. 2 y 3).
2. Ofrendas de sacrificios por expiación del pecado (cf. Lv. 4 y 5) y de expiación por las penas o culpas del pecado por ofensas contra Dios (cf. Lv. 6,1-7). En todos estos casos de pecados se ofrecían las ofrendas requeridas para la expiación las que luego de ser quemadas se convertían también en ofrendas de olor grato a Dios (Lv. 4,27-31), y en el caso de prevaricación (etim. desviarse del surco al labrar) contra ‘Yahveh’ [hebreo יהוה: YHVH] se tenía que hacer además de la expiación por el pecado, la restitución de lo que hubiese afectado al prójimo y hacer una ofrenda adicional que establecía el sacerdote según el peso de la ofensa cometida contra Dios, y así apaciguar su ira y obtener el perdón por el pecado cometido (cf. Lv. 6,1-7). Las faltas que conllevaban a ofrecer los sacrificios por expiación del pecado podían suceder o bien por equivocación o descuido [yerro] contra las cosas santas (cf. Lv. 5, 14-16) o por las cosas que se debieron hacer y no se hicieron, aun desconociendo que debían hacerse (cf. Lv. 5,17-19).
En las ofrendas para dar gracias a Dios, expresamente de olor grato, se revelaba lo que la pasión de Cristo representa para Dios, pues es el cordero inocente sacrificado que gratificó el amor de Dios para liberar a los hombres del pecado. En los sacrificios de expiación por el pecado o por la pena del pecado se ofrecía a Dios una ‘ofrenda memorial’ [hebreo az·kā·rāh (אַזְכָּרָה): sustantivo femenino (s. f.), Lv. 24,7] que al arder sobre el altar se purificaba {El fuego, emblemático del Espíritu Santo es un agente purificador, espíritu de ‘justicia’ [hebreo mish·pát (מִשְׁפָּ֖ט)] y de ‘fuego’ [hebreo ba·ár (בָּעֵֽר): arder, consumir, Is. 4,4]}. La ‘porción de ofrenda memorial’ era una parte de la ‘ofrenda memorial’ que podía provenir bien de granos (cf. Lv. 2) o de animal (cf. Lv. 3; 4), que echada a arder sobre el altar era ofrecida por el sacerdote a Dios como perfume agradable, es llamada ‘az·ka·rá·tah’ [hebreo אַזְכָּרָתָהּ֙: s. f., fracción memorial a ofrecer en humo/fuego, Lv. 2,2.9.16; 5,12; 6,15; 24,7; Nm. 5,26], y que la Septuaginta del siglo II a.C. tradujo al griego (gr.) como ‘mnemósynon’ (μνημόσυνον) y que también es utilizado en el Nuevo testamento en Mt. 26,13; Mr. 14,9 y Hch. 10,4 con el significado de ‘recordar’.
Examinemos algunas citas:
«Y la traerá [‘la ofrenda’ hebreo ‘korbán’ (קָרְבָּן): Lv. 2,1] a los sacerdotes hijos de Aarón, y tomará de ella su puñado de la flor de harina [sémola] y de su aceite con todo su incienso, y la hará ‘arder’ [hebreo və·hiq·ṭîr (וְהִקְטִ֖יר): subj. verbo ahumar] el sacerdote como ‘porción memorial’ [hebreo az·ka·rá·tah (אַזְכָּרָתָהּ֙)] sobre el altar, ‘ofrenda encendida de aroma grato’ [hebreo ish·shéh ryah nyoah (נִיחֹ֖חַ רֵ֥יחַ אִשֵּׁ֛ה)] a YHVH.» (Lv. 2,2).
«Y tomará el sacerdote del grano ofrecido una ‘porción memorial’ [hebreo az·ka·rá·tah (אַזְכָּרָתָהּ֙)], y ‘lo quemará’ [hebreo və·hiq·ṭîr (וְהִקְטִ֖יר)] sobre el ‘altar’ [hebreo miz·be·aj (מִזְבֵּחַ)]; como ‘ofrenda encendida de aroma grato’ [hebreo ish·shéh ryah nyoah (נִיחֹ֖חַ רֵ֥יחַ אִשֵּׁ֛ה)] a YHVH.» (Lv. 2,9).
«Y ‘hará arder’ [hebreo və·hiq·ṭîr (וְהִקְטִ֖יר)] el sacerdote la ‘porción memorial’ [hebreo az·ka·rá·tah (אַזְכָּרָתָהּ֙)] de su mejor grano, y parte de su aceite, con todo el incienso; como ‘ofrenda encendida’ [hebreo ish·shéh (אִשֵּׁ֛ה)] para YHVH.» (Lv. 2,16).
«14 luego ‘cuando sea conocido’ [hebreo və·nō·vḏ·āh (וְנֽוֹדְעָה֙): subj. v. conocer/confesar, cuando sea confesado; Jer. 3,15] el pecado que ellos hayan cometido, la asamblea ofrecerá un becerro ‘por expiación’ [hebreo lə·ḥaṭ·ṭāṯ (לְחַטָּ֔את): prep. s. por el pecado], y lo traerán delante del ‘tabernáculo de reunión’ [hebreo ō·hel mō·w·‘êḏ (מֹועֵֽד אֹ֥הֶל)]. 15 Y los ancianos de la congregación pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro delante de YHVH, y en presencia de YHVH degollarán aquel becerro. 16 Y traerá ‘el sacerdote ungido’ [hebreo hak·kō·hên ham·mā·shî·aḥ (הַמָּשִׁ֖יחַ הַכֹּהֵ֥ן)] la sangre del becerro al ‘tabernáculo de reunión’, 17 y mojará el sacerdote su dedo en la misma sangre, y rociará siete veces delante de YHVH hacia el velo. 18 Y de aquella sangre pondrá sobre los cuernos del altar que está delante de YHVH a la puerta del ‘tabernáculo de reunión’, y derramará el resto de la sangre al pie del ‘altar del holocausto’ [hebreo miz·bah hā·ō·lāh (הָעֹלָ֔ה מִזְבַּ֣ח)], que está a la puerta del ‘tabernáculo de reunión’. 19 Y le quitará toda la grosura y la hará arder sobre el altar. 20 Y hará de aquel becerro como hizo con el becerro de ‘la expiación’ [hebreo ha·ḥaṭ·ṭāṯ (הַֽחַטָּ֔את): art. s. la ofrenda de pecado]; lo mismo hará de él; así hará ‘el sacerdote’ [hebreo hak·kō·hên (הַכֹּהֵ֖ן)] ‘expiación’ [hebreo və·ḵip·per (וְכִפֶּ֧ר): propiciación, aplacar la ira de Dios] por ellos, y obtendrán ‘perdón’ [hebreo sa·laj (סָלַח)]. 21 Y sacará el becerro fuera del campamento, y lo quemará como quemó el primer becerro; ‘expiación’ [hebreo hat·tat (חַטַּ֥את): s. f. ofrenda por el pecado] es por la ‘congregación’ [hebreo qa·hal (קָהָל)].» (Lv. 4,14-21).
«La traerá {flor de harina e incienso como ‘ofrenda’ [hebreo korbán (קָרְבָּן)] por su ‘pecado’ [hebreo ha·tá (חָטָ֗א)]: v. pecar, Lv. 5,11}, al sacerdote, y éste tomará de ella su puño lleno, ‘como porción memorial’ [hebreo az·ka·rá·tah (אַזְכָּרָתָה֙)], y la hará ‘arder’ [hebreo və·hiq·ṭîr (וְהִקְטִ֖יר)] en el altar de acuerdo a las ofrendas encendidas [hebreo ish·shéh (אִשֵּׁ֣י)] para YHVH; es ‘expiación’ [hebreo hat·tát (חַטָּ֖את)]» (Lv. 5,12).
«1 Habló YHVH a Moisés, diciendo: 2 Cuando una persona ‘pecare’ [hebreo ṯe·ḥĕ·ṭā (תֶחֱטָ֔א)] y comete ‘prevaricación’ [hebreo ma·hal (מַ֖עַל): s. m. acto infiel, traicionero, ofensor, transgresor] contra YHVH, y negare a su prójimo lo encomendado o dejado en su mano, o bien robare o calumniare a su prójimo, 3 o habiendo hallado lo perdido después lo negare, y jurare en falso; en alguna de todas aquellas cosas en que suele pecar el hombre, 4 entonces, ‘habiendo pecado’ [hebreo ye·ja·tah (יֶחֱטָ֣א)] y ‘ofendido’ [hebreo ve·a·sham (וְאָשֵׁם֒): v. es culpable], restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia, o el depósito que se le encomendó, o lo perdido que halló, 5 o todo aquello sobre lo que hubiere jurado falsamente; lo restituirá por entero a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte [20 %], en el día de su ‘expiación’ [hebreo ash·mā·ṯōv (אַשְׁמָתֽוֹ): s. f. ofrenda por su ‘transgresión’]. 6 Y para ‘su ofrenda de expiación’ [hebreo ā-shāmōv (אֲשָׁמ֥וֹ): s. m. relacionada a la prevaricación contra YHVH] traerá a YHVH un carnero sin defecto de los rebaños, y lo dará al sacerdote, conforme a su valuación, ‘como ofrenda de expiación’ [hebreo lə-ā-shām (לְאָשָׁ֖ם): s. m. de prevaricación contra YHVH]. 7 Y el ‘sacerdote’ [hebreo ko·hen (כֹּהֵן)] hará expiación por él delante de YHVH, y obtendrá perdón de cualquiera de todas las cosas en que suele ofender.» (Lv. 6,1-7).
«Y tomará de ella [de la ofrenda, hebreo min·jah (מִנְחָה); cf. Lv. 6,14] su puñado de la flor de harina de la ‘ofrenda de cereal’ [hebreo ham·min·ḥāh (הַמִּנְחָה֙)], con su aceite y todo el incienso que esté sobre la ‘ofrenda de cereal’ [hebreo ham·min·ḥāh (הַמִּנְחָה֙)], y lo hará ‘arder’ [hebreo və·hiq·ṭîr (וְהִקְטִ֖יר)] sobre el altar en ‘olor grato’ [hebreo rê·aḥ nî·ḥō·aḥ (נִיחֹ֛חַ רֵ֧יחַ)], ‘como porción memorial’ [hebreo az·ka·rá·tah (אַזְכָּרָתָה֙)] a YHVH.» (Lv. 6,15).
«Y pondrás en cada fila incienso puro para que ésta pueda estar ‘sobre el pan’ [hebreo lal·le·ḥem (לַלֶּ֙חֶם֙)] ‘como memorial’ [hebreo le·az·kā·rāh (לְאַזְכָּרָ֔ה)], y ‘ofrenda al fuego’ [hebreo ish·shéh (אִשֶּׁ֖ה)] para YHVH.» (Lv. 24,7).
«Y tomará un puñado de ‘la ofrenda’ [hebreo ham·min·hah (הַמִּנְחָה֙)] el sacerdote ‘como porción memorial’ [hebreo az·ka·rá·tah (אַזְכָּרָתָה֙)] y la ‘quemará’ [hebreo və·hiq·ṭîr (וְהִקְטִ֖יר)] sobre el altar y después hará beber el agua a la mujer.» (Nm. 5,26).
«En verdad os digo que dondequiera que se predique este evangelio en el mundo entero, también se hablará de lo que ha hecho esta mujer [la que en Betania le ungió la cabeza a Jesús con alabastro] en ‘memoria’ [griego mnēmosynon (μνημόσυνον): s. neutro, recuerdo] de ella.» (Mt. 26,13).
«De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para ‘memoria’ [griego mnēmosynon (μνημόσυνον)] de ella.» (Mr. 14,9).
«Él, mirándole fijamente, y atemorizado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para ‘memoria’ [griego mnēmosynon (μνημόσυνον)] delante de Dios.» (Hch. 10,4).
Si examinamos la Septuaginta, notaremos que el s. hebr. ‘az·kā·rāh’ (אַזְכָּרָה) u ‘ofrenda memorial’, que aparece en algunas de estas citas, es traducido al gr. con la palabra ‘mnēmosynon’ (μνημόσυνον), que significa ‘remembranza’ o ‘recordar’. Eso se puede hacer puesto que el verbo (v.) raíz del s. ‘az·kā·rāh’ en hebr. es ‘zakar’ (זָכַר) cuyo significado es precisamente ‘recordar’. De manera que los traductores griegos no vieron inconvenientes en utilizar el gr. ‘mnēmosynon’ (μνημόσυνον) como sinónimo del hebr. ‘az·kā·rāh’ [אַזְכָּרָה], pues el s. gr. ‘mnémosynon’ denota un recuerdo provocado por el sujeto de una acción anterior que en este caso es el ‘pecado’ por el que se hace la ofrenda presente a Dios.
De manera que tenemos del Levítico 2,2 dos palabras que se usan como sinónimos de ‘porción de ofrenda quemada’ que como ‘memorial’ se ofrece a Dios:
‘Az·kā·rāh’ (hebr. אַזְכָּרָה) = ‘Mnēmosynon’ (gr. μνημόσυνον).
Veamos ahora cómo traduce la Vulgata Latina estos sustantivos en las citas de Lv. 2,2.9.16; 5,12; 6,15 y 24,7:
En el Levítico 2, 2 y 2,9 se utiliza el s. latino ‘memoriale’, cuyo léxico proviene del latín ‘recordar’ (memo), más el sufijo latino ‘al’ (relación, pertenencia), que sería en este caso como ‘memorial o monumento’, en este caso monumento ‘al’ pecado’; en Levítico 2, 16, la traducción es el s. latino ‘memoriam’ que también nos refiere al recuerdo, y que al español se ha traducido como ‘memorial’; en las citas de Levítico 5,12; 6,15; 24,7 se utiliza el s. latino ‘monumentum’, que sería ‘monumento recordatorio’ y se ha traducido al español como ‘memorial’; en el libro de Números 5, 26 se infiere que el ‘puño de la oblación o sacrificial’ en latín ‘pugillum sacrificii’ es el ‘memorial’.
De manera que todos estos s. latinos que se utilizaron en la Vulgata Latina como equivalentes a ‘porción de ofrenda memorial’ están relacionados al acto recordatorio del pecado representado en la ofrenda quemada del sacrificio en altar, que es de olor grato ofrecido a Dios. De manera que tenemos tres palabras que se usan como sinónimos de ‘porción de ofrenda memorial’:
‘Az·kā·rāh’ [hebr. אַזְכָּרָה] = ‘Mnēmosynon’ [gr. μνημόσυνον] = ‘Memoriali’ [latín memoriale].
Y debemos recordar que la raíz origen del s. hebr. ‘az·kā·rāh’ (אַזְכָּרָה) para ‘ofrenda memorial’ es el v. ‘zakar’ [זָכַר], cuyo significado es ‘recordar’, por tanto, estas palabras se pueden traducir en cierto sentido como ‘recordar’, puesto que la ‘ofrenda memorial’ realmente es un ‘recuerdo vivo’ del pecado que se ha cometido antes y que como ‘ofrenda quemada’ [ofrenda de pecado purificada por el fuego] se ofrece con olor grato a Dios.
Existe otra palabra griega, utilizada por los escritores del Nuevo Testamento, en el siglo I d.C., en las citas de Lc. 22,19; 1 Co. 11,24-25 y He. 10,3, y es el s. f. ‘anamnésis’ [ἀνάμνησις], que también denota una ‘remembranza’, pero está hecha para apreciar mejor los efectos (resultados previstos) de algo sucedido, o sea, es un ‘recuerdo activo o vivo’ de lo que ya sucedió, especialmente como recuerdo de la ‘porción de ofrenda memorial’ ‘az·ka·rá·tah’ (אַזְכָּרָתָהּ֙), que proviene de la ‘ofrenda memorial’ [hebreo az·kā·rāh (אַזְכָּרָה)] y que se quema para purificarla y ofrecerla como ofrenda de perfume grato a Dios. Como en la ofrenda de sacrificios hay recuerdo de los pecados, luego, la memoria de aquellos pecados cometidos se reaviva con el sacrificio.
Este s. gr. ‘anamnésis’ (ἀνάμνησις) es traducido en la Vulgata Latina como ‘evocación, recuerdo, memoria’ en las cuatro veces que aparece en las citas de Lc. 22,19; 1 Co. 11,24-25 y He. 10,3, utilizando el s. m. latino ‘memoriali’ (memoriale).
Antes de que Jesús instituyera anticipadamente el ‘banquete de bodas del Cordero’ (cf. Ap. 19,9), Él venía preparando a sus discípulos mostrándoles su poder sobre la materia y leyes físicas que rigen al universo, primero, al multiplicar los elementos físicos de la materia que componían cinco panes de cebada y dos peces para alimentar a cinco mil varones y seguramente mujeres y niños que les acompañaban (cf. Jn. 6, 4-11); luego de saciarse de comida sobraron todavía doce cestas de pedazos de pan (cf. Jn. 6,12-13). Al anochecer los discípulos se montaron en su barca, navegando hacia Capernaum mientras que Jesús se había retirado solo (cf. Jn. 6,15-17). Al tiempo de estar navegando, se desató un gran viento y Jesús les muestra un segundo portento, esta vez les hace ver que Él no está atado a las leyes físicas, durante la cuarta vigilia de la noche [entre las 3 a.m. y el comenzar del alba, cf. Mt. 14,24-26] vieron como Jesús caminaba sobre las aguas y tuvieron miedo pues creyeron que era un fantasma, pero Jesús les habló y lo recibieron, llegando a tierra firme rápidamente (cf. Jn. 6,15-20), al siguiente día el grupo numeroso de personas que venían siguiendo a Jesús lo volvieron a encontrar en Capernaum con sus discípulos, donde siguió hablándoles de su persona, de su origen y misión:
«35 Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás… 48 Yo soy el pan de vida… 50 Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo… 53 De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. 57 Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. 58 Este es el pan que descendió del cielo… el que come de este pan, vivirá eternamente.» (cf. Jn. 6,35-58).
Todo esto les decía Jesús a sus discípulos y a la multitud que le seguía, pero la mayoría no creyó en sus palabras a pesar de los milagros que ya le habían visto hacer y lo dejaron solo (cf. Jn. 6,60-66), solo los doce discípulos se quedaron pues le habían escuchado por más tiempo y habían visto mayores prodigios que la muchedumbre que le abandonó (cf. Jn. 6,67-71), aunque probablemente los discípulos que se quedaron no entendían todo lo que acontecía (cf. Lc. 2,50; 9, 45; 24,25-27; Jn. 8,27; 10,6; 12,16; 13,7; 16,18).
Jesús les mostraría a sus Apóstoles más de sus enseñanzas y milagros, entre ellos su transfiguración ante tres de sus discípulos (cf. Mt. 17,1-9). Ellos aún verían con los ojos de la razón la transubstanciación, durante la consagración del pan y del vino pues tenían fe en Él, serían testigos presenciales de como Jesús vencería la muerte en la Cruz, ver su resurrección al tercer día, se les aparecería en varias ocasiones aun estando en lugares cerrados, con su cuerpo glorificado comería con ellos, y se elevaría al cielo ante sus ojos, mostrándoles que la naturaleza y sus leyes estaban sujetas a su soberanía (cf. Hch. 1,9-11). Estando al lado de Dios Padre aun permanecería entre ellos y nosotros, pues se quedó en el Pan y el Vino, tal como lo había anunciado en Capernaum y realizado en la última cena Pascual.
Así que, estando todos los discípulos reunidos en Jerusalén y habiendo preparado la Pascua (cf. Lc. 22,7-18), se fue con ellos al Aposento Alto, para celebrar la Cena Pascual (cf. Lc. 22,7-14):
«19 Y habiendo tomado el pan, habiendo dado gracias, Él lo partió y lo dio a ellos, diciendo: ‘Esto es’ [griego Touto estin (Τοῦτο ἐστιν)] mi cuerpo, el que por vosotros ‘es dado’ [griego didomenon (διδόμενον)]; haced esto en mi ‘memoria’ [griego anamnésin (ἀνάμνησιν)]. 20 De igual manera, después que hubo cenado, tomó la ‘copa’ [griego potērion (ποτήριον)], diciendo: ‘Esta copa es’ [griego Touto to potērion (Τοῦτο τὸ ποτήριον)] el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros ‘es derramada’ [griego ekchynnomenon (ἐκχυννόμενον)].» (Lc. 22, 19-20).
Como vemos, el s. gr. ‘anamnésin’ (ἀνάμνησιν) es traducido como ‘memoria o recuerdo’, pero no debemos olvidar que este s. no denota un simple recuerdo de algo que ha ocurrido, es más específico que el otro s. gr. ‘mnémosynon’ (μνημόσυνον), pues está muy relacionado con la ‘ofrenda encendida de aroma grato’ [hebreo ish·shéh ryah nyoah (נִיחֹ֖חַ רֵ֥יחַ אִשֵּׁ֛ה)] a Dios que se ofrecía por el pecado (Lv. 4,27-31), que consistía en traer la ‘ofrenda’ (hebreo korbán), tomar una ‘porción memorial’ (hebreo az·ka·rá·tah) de esa ofrenda representativa o ‘ofrenda memorial’ [hebreo az·kā·rāh (אַזְכָּרָה)] recordativa del pecado cometido, hacerla ‘arder’ (hebreo və·hiq·ṭîr) en el altar para purificarla y convertirla en ‘ofrenda encendida de aroma grato’ [hebreo ishé ryah nyoah) a Dios. Luego, ‘anamnésin’, en esta cita de Lucas, nos señala que la solemnidad que realizó nuestro Señor Jesucristo durante la institución de su banquete Pascual el día jueves 14 del mes de Nisán (cf. Éx. 12,6-7), que por la ‘acción de gracias’ de nuestro Señor, se ha llamado ‘eucaristía’ [gr. euxaristia (εὐχαριστία)]. Este acto solemne de Jesús al tomar, consagrar, partir el pan y ofrecer el vino a sus discípulos, tendría unas consecuencias al futuro, pues cada vez que este acto fuese repetido por sus discípulos, tras la orden de nuestro Señor de «hagan esto en mi memoria», después de bendecir las especies del pan y el vino, ellos estarían ofreciendo el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo, a cada uno de los fieles participantes en su memoria, mediante el prodigio o misterio que la santa Iglesia católica ha denominado ‘transubstanciación’, ante la afirmación del mismo Señor de que «las especies del pan y del vino se habían convertido en su cuerpo y su sangre, siendo esta última el sello del nuevo pacto para la humanidad para la remisión de los pecados» (cf. Mt. 26,26-28). Se había convertido toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre [CONCILIO DE TRENTO, EL SACRAMENTO DE LA EUCARÍSTIA, SESION XIII, CAP. IV., De la Transubstanciación, https://mercaba.org/CONCILIOS/Trento05.htm].
Jesús en esa última Pascua que celebró con sus discípulos estaba adelantando en el pan y en el vino, mediante este sacrificio memorial incruento de olor grato y agradable a Dios, el sacrificio que ofrecería al Padre al día siguiente por los pecados de la humanidad. Su carne y su sangre no necesitaban pasar por el fuego para purificarse, pues Él es el Santo de Dios (cf. Lc. 4,34). Él necesitaba quedarse visiblemente entre sus discípulos y nosotros de esta singular manera, en la forma de pan y vino, en cuerpo, sangre, alma y divinidad (cf. Lc. 24, 13-35), para perpetuar por los siglos, hasta su regreso, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, pues luego de su resurrección tendría que partir al Padre, es mediante la Eucaristía que tenemos vida en nosotros pues es así como nuestro ser se dispone a recibir las abundantes gracias del Espíritu Santo que obran en nuestro espíritu interior para ser santificados de manera creciente (cf. Jn. 6,53).
Veamos ahora estas otras tres citas más donde aparece utilizado el s. gr. ‘anamnésin’ (ἀνάμνησιν) o ‘recordar’:
«24Y habiendo dado gracias [griego eucharistēsas (εὐχαριστήσας)], Él lo partió [el pan, cf. 1 Co. 11,23], y dijo, ‘esto es’ [griego Touto estin (Τοῦτο ἐστιν)] mi cuerpo, que es para ustedes, haced esto en ‘memoria’ [griego anamnésin (ἀνάμνησιν)] de mí, 25 en la misma forma Él tomó la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en ‘memoria’ [griego anamnésin (ἀνάμνησιν)] mía.» (1 Co. 11,24-25).
En esta cita cabe hacer el mismo análisis anterior, no hay variación. Veamos la siguiente:
«3 Pero en estos [sacrificios, griego thysiais (θυσίαις): He. 10,1] cada año se hace ‘memoria’ [griego anamnesis (ἀνάμνησις)] de los pecados [griego hamartiōn (ἁμαρτιῶν)]; 4 porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los ‘pecados’ [griego hamartias (ἁμαρτίας)].» (He. 10,3-4).
En el contexto de esta otra cita de la carta de Pablo a los hebreos, este Apóstol del Señor intenta promover que los judíos recién convertidos a la Iglesia de Cristo, olviden los rudimentos de la ley de la Antigua Alianza. Les explica que nunca esa ley podía, por los mismos sacrificios que se ofrecían continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercaban a esos rituales. No que éstos fuesen malos, pues Dios los estableció para el pueblo de Israel, solo que eran una sombra de los bienes que ahora ofrecía la nueva forma de unión de Dios con los hombres, es decir, la Nueva Alianza, basada en Cristo, de manera que, estos antiguos sacrificios solo eran una ‘ofrenda memorial’ [hebreo az·kā·rāh (אַזְכָּרָה); griego anamnésis (ἀνάμνησις)] todavía imperfecta, un recuerdo (representación o monumento) de los pecados, que representados en la ‘porción memorial’ [hebreo az·ka·rá·tah (אַזְכָּרָתָהּ֙)], eran ofrecidos como ‘ofrenda encendida de perfume grato’ [hebreo ishéh ryah nyoah (נִיחֹ֖חַ רֵ֥יחַ אִשֵּׁ֛ה)] a Dios, y Él les perdonaba los pecados o las culpas, pero ellos no podían erradicar este mal de sus vidas, porque la verdadera ofrenda que era Cristo no se había consumado para completar en ellos el acto de redención y liberación de la esclavitud del pecado para ganar la vida divina (cf. Ro. 4,25; 1 P. 1,18), con la consecuente regeneración por las aguas del bautismo y el obrar de las gracias provenientes del Espíritu Santo para lograr la santificación que hacen posible los frutos del Espíritu. La promesa de Dios era que una vez quitados los rudimentos de la vieja ley escrita en tablas de piedra, Él pondría los nuevos preceptos de Cristo en los corazones del hombre, lo cual implicaría un obrar en el espíritu de ellos desde el Espíritu Santo (cf. He. 10,1-25).
Confío que, hayamos podido explicar con esta reflexión el carácter sacrificial de la Eucaristía, considerando las dos grandes Alianzas, la antigua Alianza hecha entre Dios y los hombres, siendo Moisés el representante de ellos, y la nueva Alianza cuyo único mediador y garante es nuestro Señor Jesucristo, enmarcada dentro del Plan de Redención de Dios para la humanidad, y que las palabras de nuestro Señor Jesucristo ratifican en el Evangelio de Marcos:
«22 Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. 23 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. 24 Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos está siendo derramada.» (Mr. 14, 22-24).
No está demás señalar que en esta cita de Marcos, el tiempo del v. gr. ‘estín’ (ἐστιν), traducido como ‘es’ en el versículo 22, «Tomad, esto ‘es’ (ἐστιν) mi cuerpo», está en presente simple; igualmente, sucede con las mismas formas verbales de los verbos griegos que son utilizados en el versículo 24 ‘estín’ (ἐστιν): «Esto ‘es’ (ἐστιν) mi sangre», y ‘ekchynnomenon’ (ἐκχυννόμενον): «que por muchos ‘está siendo derramada’ (ἐκχυννόμενον)», ambos tiempos están respectivamente en presente simple y participio presente (progresivo) que denota una acción en curso, en progresión o todavía sin terminar, inconclusa. Por tanto, Marcos, inspirado por el Espíritu Santo, nos deja plasmado en la gramática griega que Jesús en esa noche Pascual había comenzado una acción de manera incruenta que continuaría sucediendo en el tiempo cada vez que se bendijeran el pan y el vino por manos consagradas.
De manera que, no existe ninguna duda, en que nuestro Señor Jesucristo esa noche, como Sacerdote, estaba ofrendando en el altar dispuesto para el banquete, la ‘porción memorial’ (az·ka·rá·tah) de perfume grato a Dios, tomada de su cuerpo y sangre que sustancialmente se hicieron presentes en el pan y el vino después del milagro de la transubstanciación, y cuya presencia sus discípulos debieron discernir [gr. diakinón (διακρίνων): cf. 1 Co. 11,29].
Cristo al afirmar su presencia real y sustancial en el Pan y en el vino, estaba afirmando a sus discípulos que sus declaraciones anteriores en Capernaum, ante ellos y otros miles de seguidores (cf. Juan 6), eran auténticamente reales, no eran alegorías, y por eso no llamó de vuelta a los miles que le abandonaron en ese momento, para rectificarles que no había hablado en serio cuando les dijo: «si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (cf. Jn. 6,51). Así que en esa noche de Pascua, Cristo remató las ilustraciones que previamente les había enseñado sobre Él a sus discípulos, y que son plasmadas en el Evangelio de Juan, capitulo 6, realizando esta vez, en el Aposento Alto, el milagro Eucarístico, ya que aunque su naturaleza era humana no era como la nuestra, pues Él era el nuevo Adán que vino a traer vida (cf. 1 Co. 15,45-49; Ro. 5,14-15; Jn. 10,10), sin mancha de pecado, nacido de María la Virgen, la hecha de gracia (cf. Lc. 1,28), y por tanto, Jesús sin la naturaleza humana del pecado (cf. He. 4,15) podía por su voluntad, prescindiendo de su naturaleza divina, estar por encima y sin sujeción de la materia y sus leyes, Él lo demostró con sus acciones milagrosas, sanando a los enfermos, sacando demonios, resucitando personas, multiplicando panes y peces, caminando sobre las aguas, controlando los vientos, transfigurándose para mostrar su gloria divina a Pedro, Santiago y Juan, pues el gobierna y domina todo cuanto existe, porque además Él es Dios, a Él nadie le quitó la vida, Él la entregó por nosotros (cf. Jn. 10,17-18). Por eso, esa noche de Pascua Él, mediante su poder y voluntad, se hizo presente de manera real y sustancial en los elementos que conformaban el pan y el vino, a fin de adelantar de manera incruenta su sacrificio en la Cruz, delante de sus Apóstoles [No se puede tener certeza mediante los relatos de los evangelios de si Judas Iscariote, el que lo traicionaría, participó de la Eucaristía].
Podemos concluir entonces que el derramamiento de sangre de Jesús sucedió por primera vez en el momento crucial de la celebración de la Pascua, cuando los Apóstoles al recibir la orden de «haced esto» serían en adelante, junto con sus sucesores por imposición de manos, los consagrados para bendecir y partir el Pan y el Vino Eucarísticos e impartirlo a quienes por amor e bendecidos por el Espíritu Santo disciernen el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo en las Sagrada Comunión (cf. Mr. 3,14; Hch. 2,42.46; 6,5-6; 9,15-17; 20,7.11; 1 Co. 10,16-17; 2 Tm. 1,6; 1 Tm. 3,1; Tt. 1,5), 1 Co. 11, 23-32; Ro. 3,25, 5,9; He. 9,23-28).
En cuanto a nosotros, existe un sacrificio vigente, el Apóstol Pablo, dirigiéndose mediante su Epístola a los romanos, hace hincapié en esto:
«1 Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en ‘sacrificio vivo’ [gr. thysian zōsan (θυσίαν ζῶσαν)], santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. 2 No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.» (cf. Ro. 12,1-2).
Terminemos con esta cita de San Ambrosio, Obispo de Milán (a. 340-397):
«Cada vez que lo recibimos [en la Eucaristía], anunciamos la muerte del Señor (cf. 1 Co. 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados. Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio» (San Ambrosio, De sacramentis 4, 28).
«Señor, danos de comer siempre de ese Pan»
SEA SIEMPRE ALABADO NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO Y MARÍA SU SANTÍSIMA MADRE