LOS PADRES DEL DESIERTO… OIGAMOS A

OIGAMOS A LOS PADRES DEL DESIERTO:

pocos lo leeran y menos llegaran al final..pero es pura sabiduria:

Las tres raíces de las pasiones

Las tres pasiones-madre mencionadas por los Padres se desprenden del mismo Evangelio, a
partir de las tres tentaciones que tuvo Jesús en el desierto (Lc 4,1-12):

La tentación de convertir las
piedras en pan (la pasión de la avidez);

La tentación del poder y de la gloria (la pasión del amor de sí); y

La tentación de retener como una posesión altiva el hecho de ser el Hijo de Dios (la pasión del orgullo).

Se trata de tres tentaciones que se encadenan, unas con otras, en un mismo movimiento de posesión
que empieza por el desbordamiento del deseo y culmina en la adoración de uno mismo.

Este movimiento destructor y autodestructor repite la misma dinámica del Pecado Original (Gn
3,1-7): algo que comienza por el deseo de probar el fruto prohibido (la avidez), que continúa con el
deseo de inmortalidad (el amor de sí) y que culmina en la pretensión de convertirse en dioses, al margen
de Dios y contra Dios (el orgullo y la soberbia). Tal es la sutileza diabólica: comienza bajo una apariencia
inocente (dar satisfacción a un pequeño capricho de orden meramente material, corporal) para culminar
en la cerrazón abismal de la autodivinización.

Veamos con mayor detenimiento https://encrypted-tbn1.gstatic.com/images… comprenden los Padres esta progresión del mal inicial hacia el Mal total:

La avidez, o el amor a los placeres
«El comienzo del pecado es la avidez. La avidez consciente es la raíz de las pasiones de los que
pertenecen a las tinieblas», dice el primero de los textos filocálicos». La avidez, es decir, el deseo no
controlado, el deseo desbocado, el deseo que lo devora todo, incapaz de conocer ni reconocer sus
propios límites.

Para dominar esta desmesura, los monjes tratan de vivir en los márgenes de lo estrictamente necesario, conscientes de que, una vez transgredido el límite de la necesidad, el deseo
humano no conoce freno. Todo el trabajo de la ascesis, sobre todo a partir del ayuno y de las vigilias,
tiene por objetivo agotar la violencia de esta avidez, desarraigar la profunda tendencia del cuerpo a
saciarse de placeres. Una satisfacción que, de hecho, deja todavía más vacío el verdadero deseo del
hombre, que es su deseo de Dios.

Esta avidez o amor de placeres es puesta frecuentemente en relación con otras dos manifestaciones: la glotonería y el amor al dinero.
San Nilo dice: «La glotonería es la madre del placer,
ya que ella es la que engendra todas las demás pasiones»`. Y Casiano empieza su lista de pasiones por
dicha glotonería, colocándola en el origen de una cadena inexorable: tras la primera avidez consentida,
le sucede la prostitución; después la avaricia, la cólera, la tristeza, la acedia, la vanagloria; y, como culminación de todo, el orgullo. Gregorio Palamas afirma: «El primer fruto del deseo es el amor por las posesiones.
El amor por el dinero nace un poco más tarde y está en el origen de todas las formas de concupiscencia ».
Evagrio Póntico muestra perfectamente esta equivalencia entre la avidez y el amor por el dinero. Equivalencia que, a su vez, es una progresión que desemboca en la vanidad: «Entre los
demonios que se oponen a la práctica ascética, hay tres jefes de fila que preceden y dirigen al resto de la tropa de intrusos: los que tientan a la avidez de la glotonería, los que inspiran el amor por el dinero y los que nos incitan a la gloria humanan.El amor por el dinero es una extensión de la glotonería, en la medida en que es la pasión de querer asegurar en el futuro la satisfacción del presente.

Esta obsesión por el futuro impide disfrutar del momento presente y engendra una inquietud constante: el amor por el
dinero es un mal que provoca muchas otras pasiones. Se la ha llamado con acierto la raíz de todos los males: 1 Tim 6,10».

Al estar atrapada toda la persona en esta avidez y desasosiego, su impulso hacia Dios queda
totalmente oscurecido: «Debido a tu mala inclinación, has corrompido la imagen de Dios que hay en ti.
La bruma de tus pensamientos apasionados ha empañado el espejo de tu alma, ese espejo en el .que
aparece Cristo, el Sol espiritual». El deseo está encerrado sobre sí mismo y absorbe las otras dos potencias del alma (el ardor y la razón), condenándola a arrastrarse por el suelo en búsqueda de lo que cree que habrá de saciarla`, en lugar de permitir que se eleve de la belleza de las criaturas a la Belleza
del Creador. Esta primera raíz del pecado, concerniente al cuerpo y al mundo de los deseos, tiene un nivel o un origen más profundo, que es lo que los Padres llaman el amor de sí.

El amor de sí
En una primera aproximación, el amor de sí («filoautía» en griego; «egoísmo» en latín) es definido como «la pasión que se tiene por el cuerpo»: he aquí, en estas pocas palabras, toda la doctrina
de Máximo el Confesor sobre las pasiones`. Filautía es el término empleado por él para explicar el origen de todos los males; un término que se ha hecho clásico en la tradición de Oriente. Sin embargo, esta definición («la pasión que se tiene por el cuerpo») hay que comprenderla bien, porque parece localizar
de nuevo el problema en el cuerpo, cuando nosotros querríamos ahondar más en sus causas y localizarlo en el psiquismo, en el alma. Y así es, en efecto, y así está contenido en la definición: porque quien tiene la pasión por el cuerpo no es el mismo cuerpo, sino el alma que gobierna el cuerpo.

Así entramos en el terreno de la voluntad y de la libertad. Pedro Damasceno dice: «La única causa de
nuestra perdición es siempre nuestra voluntad propia». Y Marcos el Asceta añade: «El que se deja llevar
por sus propios pensamientos está ciego. Puede ver las obras del pecado, pero no puede percibir sus
causas». Las causas, la única causa, es tener el corazón curvado sobre sí mismo: «El que se ama a sí
mismo no puede amar a Dios», dice Diadoco de Foticea con gran simplicidad. Y Juan Clímaco, por su
parte, afirma: «Dios no se puede revelar al que no está dispuesto a cumplir su voluntad.
El que no quiere morir a sus propias voluntades permanece en las tinieblas». Pedro Damasceno abunda: «Nuestra
voluntad propia es muro que nos separa de Dios. Si el muro no cae, no podemos aprender ni hacer lo que es de Dios. Estamos fuera de Él, y los enemigos nos tiranizan muy a pesar nuestro». «Una vida así, una conducta semejante, hace que el espíritu se embrutezca, atrapado como está por las pasiones. Los
que así viven están totalmente cerrados a las cosas del espíritu».

«El velo del amor a sí mismo cubre el
corazón, impidiendo que le sean revelados los fundamentos del universo».
Así pues, el hombre está envuelto en tinieblas, porque es víctima de sus propias pasiones. Y es
víctima de sus pasiones por un centramiento sobre sí mismo que le embota más y más, quedando
atrapado por sus propias pulsiones (el deseo y el ardor). Y así, cuanto más se deja llevar por sus propias
apetencias y voluntades, tanto más se va secando y endureciendo.

La conversión supone caer en la
cuenta de este encerramiento y hacer un acto de confianza en Aquel que está fuera de uno mismo y
que, a la vez, está en lo más profundo de uno mismo, como una fuente inagotable que brota del corazón
(Jn 4,14). Por eso la fe es considerada como el primero de los dones: porque supone este acto de
confianza en Otro, que es el Origen de la Vida, que está en mí pero que no me pertenece, sino que yo le pertenezco a El, y que sólo puede manifestarse si el hombre renuncia a su autocentramiento, a la absolutización de sí mismo.

Aquí es donde tocamos el núcleo más oscuro del pecado: el orgullo, esa voluntad de posesión y
de autoposesión que hace tan difícil el don de sí mismo, la renuncia a la propia voluntad.

El pecado del orgullo
Los Padres filocálicos lo afirman categórica e insistentemente:
«No existe un mal mayor que el amor de sí mismo… Y el coronamiento de todos los vicios es el
orgullo, el cual no sólo consigue hacer caer a los hombres del cielo, sino también a los ángeles,
envolviéndolos en tinieblas, en lugar de luz».
Y también: «El amor de sí mismo precede a todas las pasiones, y el orgullo es la continuación de
todas ellas». Y, retomando temas anteriores: «Ninguna pasión es más ridícula que el amor por el dinero,
la raíz de todos los males. Y ninguna pasión es más odiosa que el orgullo». Es decir, el orgullo es la
culminación natural de un amor por uno mismo que había empezado «inocentemente» por la
satisfacción ávida de placeres. En el término del camino es donde se manifiesta toda la perversidad
oculta en la negligencia de los inicios: el amor por el dinero es ridícula, porque es una pasión débil, fácil
de detener si se consigue dominar cuando empieza a manifestarse. Pero, cuando esta pasión se
extiende y llega a su término, se revela en ella toda la malignidad que gestaba y por la que, a su vez, era
alimentada: la idolatración de los propios deseos, absolutizando el «yo» que está en el centro de los
mismos y despreciando todo lo que no puede ser apropiable.

Tal es la lógica del Mal, que los Padres
tratan de detectar en sus mínimas manifestaciones para evitar que después su infección sea irremediable.
El nombre de esta infección final es orgullo, el pecado del mismo Satán. Satán es ese ser
espiritual que, siendo el más bello de los ángeles, quiso apropiarse de su propia Belleza y
autodivinizarse. Para los Padres, como ya hemos dicho a propósito del Pecado Original, la realidad
misteriosa de este ser no es una hipótesis bíblica o teológica, sino un dato de la experiencia, probada y
comprobada en sus combates contra los malos espíritus. Los monjes experimentan terribles tentaciones,
según el estado espiritual en que se encuentran.

Y la última y la más difícil de todas ellas es el orgullo,
que les hace creer que ya no necesitan de nada ni de nadie cuando han alcanzado la perfección:
«El orgullo, a causa de su autosuficiencia, puede hacer equivocarse a todo el mundo, incluido al
que lo tiene, en la medida en que no admite que pueda caer en tentaciones que permitan al alma
remontarse y conocer su propia debilidad e ignorancia… Al no dejar transparentar ninguna falta, el alma
nutre esta única pasión, y ello basta a los demonios».
«Al no dejar transparentar ninguna falta»… el hombre de corazón enorgullecido se encuentra en
el extremo contrario de la pureza de corazón: en lugar de ver a Dios, se ve a sí mismo, considerándose
un dios. En lugar de recibir la luz, la quiere engullir y, al hacerlo, se sumerge, como sucede con los
«agujeros negros» del espacio, en la más densa oscuridad, en la más difícil ignorancia, que es la de
creer conocer sin saber nada y sin amar nada ni a nadie.
Por esta razón, a lo largo de toda la Filocalia, los Padres apuntan en otra dirección: la que
conduce hacia lo más bajo, al abismo de la humildad. Un abismo de dulzura y de luz radicalmente
diferente de la sima del orgullo:
«El hombre humilde no cae. ¿Adónde o de dónde podría caer, si está por debajo de todos, en la
medida en que de él depende? Así, el orgullo es un gran abajamiento, mientras que, por el contrario, la
humildad es una gran elevación y un honor

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