Historia de algunos acosos protestantes a los católicos

TODO LO PERDONO A LOS PROTESTANTES, MENOS…

Todo esto perdono a los protestantes, una cosa «no puedo»: la confesión apologética de
un periodista.
(Por Angelo Stagnaro)

La conmemoración del quinto centenario de la Reforma, cuyo mítico punto de inicio nos
presenta a Lutero clavando en octubre de 1517 sus 95 tesis heréticas en la puerta de la
capilla del Palacio de Wittenberg, ha suscitado a lo largo de los últimos meses numerosos
análisis sobre el significado de ese hito. Angelo Stagnaro, periodista y editorialista del
National Catholic Register y del Catholic Herald, especializado en apologética, escribió
recientemente en Crisis Magazine una reflexión sobre eventos históricos y teológicos
vinculados a cinco siglos de conflicto entre el protestantismo y la Iglesia. La tituló «Llamar a
las cosas por su nombre»:

LLAMAR A LAS COSAS POR SU NOMBRE

Puedo perdonarle casi todo a los protestantes y al protestantismo.
Lo que perdono…

Puedo perdonar a los protestantes por el Know-Nothing Party y su criminal revuelta
nativista de Filadelfia, las Intolerable Acts, el Bloddy Monday y las Orange Riots en Nueva
York de 1871 y 1872. Les perdono las Enmiendas Blaine, que prohibieron que el dinero de
los impuestos se utilizase para fundar escuelas parroquiales católicas.
También puedo perdonarles por el Ku Klux Klan y por financiar al maniaco ateo y genocida
Plutarco Elías Calles y sus esfuerzos por matar católicos durante las guerras cristeras.
Triunfo del Klan, con la Biblia en la mano, sobre la Iglesia católica simbolizada por la tiara
pontificia.

Puedo personarles por llamar “Anticristos” y “Prostitutas de Babilonia” a todos y cada uno
de los Papas.
También les perdono por apoyar el Acta de Supremacía de Enrique VIII, en virtud de la cual
la Iglesia ganó a muchos de sus modernos mártires. Igualmente les perdono por las
Recusancy Acts y por el ficticio Popish Plot. También les perdono por el hecho de que,
como católico, nunca podré sentarme en el trono británico aunque, literalmente, a todos los
demás les está permitido.

Puedo perdonar a los protestantes por The Troubles en Irlanda y por Oliver Cromwell y por
la planificada Gran Hambruna Irlandesa y por las matanzas y la ocupación militar de ese
país. Les perdono por esclavizar a 50.000 hombres, mujeres y niños que fueron
expulsados a la fuerza de Irlanda y enviados a las Bermudas y a Barbados como

trabajadores sin remuneración: los primeros esclavos de América. [ReL lo explicaba con
detalle aquí]
Les perdono por las Gavazzi Riots en Canadá y por la Orden de Orange y por la
Regulación 17 de Ontario que arruinó las escuelas católicas de Quebec. Ni siquiera
mencionaré la American Protective Association y su contrapartida canadiense, la Protestant
Protective Association, dado que he decidido perdonar.

También perdono a los protestantes por convertir a la fuerza a convictos y prisioneros
políticos católicos al anglicanismo en Australia; las conversiones forzadas es algo que los
terroristas musulmanes han estado haciendo durante mil cuatrocientos años.
Perdono a los protestantes por quinientos años de veneno y ponzoña escupidos por todos
los predicadores callejeros y puerta a puerta, la ebullición del odio anticatólico que está en
el núcleo del primitivo mormonismo, del adventismo del séptimo día y de los testigos de
Jehová, aunque no solo de ellos: de hecho, constituye en buena medida el anglicanismo y
el metodismo tradicionales y muchas otras formas del protestantismo “mainstream”.
Perdono a los protestantes que rehúsan referirse a los católicos como “cristianos”.
También les perdono por ignorar deliberadamente los mil quinientos años anteriores a
Martín Lutero, cuando todo el que era cristiano en Europa Occidental era, necesariamente,
católico.
Les perdono por la Kulturkampf de Bismarck, que inspira el actual asalto a la libertad
religiosa en América y Europa. No os preocupéis, Jack Chick y tus ignorantes y venenosas
Chick Tracts, por motejar a los católicos como Mackerel Snappers [por abstenerse de
comer carne los viernes]: todo está perdonado.
La misa, «una abominación a los ojos de Dios», según esta caricatura de los populares
Chick Tracts anticatólicos, que niegan a los católicos la condición de cristianos. «¿Qué
piensa Jesús de la Iglesia católica? Él la denomina la gran prostituta», se lee también.
Perdono a Martín Lutero por imponer en todo el mundo una Biblia desacralizada y
enormemente manipulada pretendiendo que “Dios lo quiso así”. Lutero quitó siete libros y
partes de otros tres del Antiguo Testamento, cuyo conjunto se denomina Septuaginta y fue
utilizada por el mismo Cristo cuando estuvo entre nosotros.
Y también perdono a Martín Lutero por aceptar financiación de Solimán el Magnífico, sultán
del Imperio Otomano musulmán, mientras él “luchaba” por separarse de la Iglesia católica.
Por diversión y conveniencia, Lutero conspiró para empujar a la Cristiandad a la vía, al
tiempo que animaba a sus compañeros protestantes a ponerse del lado de los turcos
musulmanes para derrotar a la Iglesia católica y, con ella, a Europa. Solimán amplió incluso
su extensa familia para que abarcase a todos y cada uno de los protestantes de Hungría y
Rumanía, ahora que ya no eran “cristianos” (esto es, leales al Papa). El sultán animó a
Lutero y a los protestantes a unirse bajo la bandera musulmana para derrotar al emperador
y al Papa. Recuérdese, por favor, que Solimán el Terrorista quería nada menos que barrer
el cristianismo del planeta, ¡para que luego hablen de que la política hace extraños
compañeros de cama! Pero todo ello está perdonado… lo juro.
Perdono a los protestantes por el ridículo show televisivo 700 Club y sus tediosos ataques
a la Iglesia Una, Verdadera, Santa, Católica y Apostólica.

También perdono a los protestantes por tardar 500 años en darse cuenta de que el Sola
Scriptura es un enorme sinsentido y de que incluso Lutero tenía una fuerte devoción a la
Santísima Virgen María, la primera cristiana, la Madre de Dios y la segunda persona más

citada en los Evangelios. [Lea aquí en Cari Filii lo que decía Lutero sobre María, que luego
muchos luteranos olvidaron.]
[video:youtube:WyzmuQp_G-U]
Fernando Casanova, antiguo pastor evangélico, explica las incongruencias protestantes
sobre la Virgen María, a quien Lutero dedicó grandes alabanzas.

También perdono a los protestantes su disonancia cognitiva al insistir simultáneamente en
que:
– 1) todo el mundo puede interpretar la Biblia como guste y todos tienen razón;
– 2) los católicos se equivocan en la forma en la que interpretan la Biblia, lo hagan como lo
hagan.
Perdono a los protestantes su anti-catolicismo, que es lo que el historiador John Hinghham
llamaba “la tradición más exuberante y tenaz de la agitación paranoica en la historia de
Estados Unidos”, y lo que el historiador Arthur Schlesinger, Sr. ha denominado “la
inclinación más profunda en la historia del pueblo norteamericano”.
También perdono a los protestantes su apoyo a la violencia contra los católicos durante la
autodenominada Ilustración y por el desarrollo de la masonería y por la “cuestión religiosa”
brasileña y por La Violencia colombiana y por la masacre de la Miguelada[Michelade] en
1567.
Por cierto, que el exótico carácter mágico de la masonería contribuyó grandemente al
desarrollo de las perspectivas arrianas del mormonismo, el unitarianismo, el adventismo del
séptimo día, la Ciencia Cristiana y los Testigos de Jehová.
Por todo esto, no tengo para ellos más que perdón.
Perdono a los protestantes por hacer que el padre Nicolás Copérnico echase el freno a su
teoría heliocéntrica y a sus datos hasta después de su muerte, aunque su amigo, el Papa
Pablo III, le animó a publicarlos mientras el científico aún vivía. Parece ser que Copérnico
no quería molestar a Lutero y a Melanchton, ambos opuestos al paradigma heliocéntricodel
sacerdote, y temía que sus teorías lanzarían aún más a los protestantes contra la Iglesia de
la que acababan de irse.
No lo digo como un vacío lugar común cristiano: verdaderamente les perdono por la Gran
Tragedia, esto es, su ruptura con Roma del siglo XVI.

También les perdono por las fanfarronadas y aspavientos tediosos, venenosos y
reduccionistas de Juan Calvino, Ian Paisley y la iglesia baptista de Westboro. Además
perdono a los protestantes por su apoyo y Schadenfreude, a la vez que su distanciamiento
y pasividad durante el Terror Rojo en España y durante la represión de Hitler contra la
Iglesia católica, en especial por La Noche de los Cuchillos Largos.

Pero mi perdón no se limita solo a ese oprobio. También perdono a los protestantes
holandeses su apoyo explícito al shogunato Tokugawa cuando masacraron a decenas de
miles de japoneses católicos en el siglo XVI.
Les perdono por todos y cada uno de los quinientos años de estereotipos
anticatólicostípicos en su literatura, desde El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe [cuyo
protagonista es un preso torturado por la Inquisición española] a El progreso del peregrino
de Paul Bunyan, pasando por El italiano de Ann Radcliffe [novela gótica, también de
temática anti-Inquisición].Ilustración de 1821 para El progreso del peregrino, de John

Bunyan (1628-1688). En el centro, abajo, el Valle de la Sombra de la Muerte, donde los
gigantes Papa y Pagano (el catolicismo y el paganismo) atacan a los cristianos
(protestantes) en su camino al cielo. Fuente: Wikipedia.
Les perdono por apoyar o consentir la Americans United por Separation of Church and
State, rabiosamente fundamentalista atea, que fue una organización originaria y
explícitamente anticatólica llamada Protestants and Other Americans United for Separation
of Church and State.
Perdono a todos los protestantes por crucificar la historia de Europa con su insidiosa e
indecorosa leyenda negra, que envenenó la mente de cientos de millones de personas, que
prefieren creer las mentiras sobre la Inquisición antes que asumir el riesgo de leer algún
libro al respecto. [video:youtube:hFOedw5OGD8] María Elvira Roca Barea, autora de
Imperiofobia y Leyenda Negra, recuerda en esta entrevista los orígenes protestantes de
esa fabulación. Pincha aquí para leer un interesante artículo de Roca Barea sobre el
luteranismo.

Incluso perdono a los protestantes por las incontables profecías sobre el fin del mundoque
se han demostrado una y otra vez absolutamente falsas. De paso, también les perdono por
ignorar las Escrituras, que explícitamente explican cómo distinguir entre los verdaderos y
los falsos profetas de Dios: “Acaso vas a decir en tu corazón: ¿cómo sabremos que esta
palabra no la ha dicho Yahveh? Si es profeta habla en nombre de Yahveh, y lo que dice
queda sin efecto y no se cumple, entonces es que Yahveh no ha dicho tal palabra; el
profeta lo ha dicho por presunción; no has de temerle” (Deut 18, 21-22).
Por añadidura, perdono a los protestantes por ignorar las palabras del mismo Cristo
(tachadas en rojo) cuando designa a San Pedro como cabeza de la Iglesia: “Y yo a mi vez
te digo, Pedro, que tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18).
Además del pasaje anterior, los protestantes ignorarán el hecho notable de que la Iglesia
Una, Verdadera, Santa, Católica y Apostólica nunca desaparecerá. Ni siquiera las puertas
del infierno prevalecerán contra ella. Se sigue que si una organización que dice estar
inspirada por el Espíritu Santo desaparece miserablemente, eso significa que el Espíritu
Santo no estaba verdaderamente con ella, como es el caso de los anabaptistas, los
shakers y los puritanos. Once iglesias protestantes cierran cada día en América. Es
imposible determinar cuántas cierran cada día en todo el mundo. Actualmente hay 41.000
comunidades protestantes en todo el mundo, lo que significa que al menos 40.999 están
completamente equivocadas. Esto no incluye las muchas decenas de miles de
comunidades protestantes que han desaparecido en los últimos 500 años.

Claramente Dios no dicta mensajes diferentes para sembrar intencionadamente discordia,
confusión y mentiras… sin embargo, esto me recuerda a otro espíritu inferior que disfruta
haciendo exactamente eso (Jn 8,44).

… y lo que no puedo perdonar
Pero lo que no puedo perdonarles, al menos no por ahora, es su insípido restauracionismo:
la idea de que, de alguna forma, Dios se equivocó hace dos mil años cuando entregó el
control su Única y Verdadera Iglesia a la Iglesia católica y al papado, cuyo progenitor fue

San Pedro, como atestiguó Cristo no una sino dos veces en el Nuevo Testamento (Mt 16,
18-19 y Jn 21, 15-17).
El restauracionismo es la creencia de que el cristianismo debe ser restaurado según fue
durante la Era Apostólica, y usando nada menos que las Escrituras: un proyecto
condenado al fracaso. Su objetivo de re-establecer el cristianismo en su forma original ha
formado parte del cristianismo durante dos mil años y, de hecho, San Francisco de
Asístambién deseaba “volver a lo esencial”, pero él no cometió el error de creer que Dios
había cometido un error al poner al frente a San Pedro y a sus sucesores. Más bien
esperaba re-centrar la Iglesia, no cambiar el dogma y la autoridad.
Esto no es algo que pueda obviarse generosamente, como su previo genocidio de católicos
en diversos continentes o incluso la desacralización de nuestros lugares más sagrados
durante los últimos quinientos años. Los miles de millones de mentiras protestantes sobre
los católicos son nada en comparación con esta blasfemia.
Sugerir que, de alguna forma, Dios se haya equivocado en algo de lo que hace es una
grosera impiedad y una herejía blasfema.
El Ecce ego sto! de Lutero suena cada vez más como el Non serviam! de Lucifer.
Sea anatema el restauracionismo. Dios no comete errores (Sal 19, 7-10). No tartamudea ni
recula, como Alá (Sal 12, 6-7). No sufre confusión ni desconcierto (Neh 9, 6). No necesita
ayuda de nadie ni de nada (Col 1, 6). Sus decisiones son definitivas y perfectas en su amor
y su justicia (Prov 16, 10). No necesita explicarse a sí mismo (Rom 1, 20). No acepta
consejos (Sal 33, 11).
Cuando Dios confió como pastores en Pedro y sus sucesores, no quiso decir “bueno…
podéis estar al mando hasta que la gente en el siglo XVI lo sepa hacer mejor”.
El restauracionismo está más alla de cualquier entendimiento. Dios no es imperfecto, y por
tanto quien adora a un Dios imperfecto no adora a la Trinidad (Sal 18, 30).
También los musulmanes exaltan una suerte de restauracionismo, en la medida en la que
creen que el islam es lo que Alá siempre tuvo en mente pero simplemente no estaba
seguro de cómo llevarlo a cabo con éxito hasta que llegó Mahoma. Creen que judíos y
cristianos se corrompieron al mismo tiempo que sus sagradas escrituras, que son “poco
fiables” por las maquinaciones de Alá. Y que solo ellos tienen una comprensión perfecta y
completa del “verdadero plan” de Dios.
¿No les suena familiar?
Pero si esto es verdad, como en el caso del protestantismo, entonces ¿cómo se codificó el
mensaje de Dios por primera vez? ¿No sabía Dios que su mensaje sería malinterpretado?
Si es omnisciente y todopoderoso, debería haberlo sabido. Un dios inferior caería
fácilmente en este error.
¿Cómo es que él fue tan tonto de confiar inicialmente en la gente equivocada? ¿Cómo es
que simples mortales pudieron darse cuenta de algo que Él no vio (Job 38, 1; 41, 34)?
Pero, y lo que es más importante, ¿cómo podemos volver a confiar en esta deidad
imperfecta ahora que ninguno de sus nuevos mensajeros, ninguno de los cuales es divino,
está ya aquí? Quizá esa deidad está confusa de nuevo. Es una pendiente resbaladiza cuyo
error es fácil demostrar.
No veo diferencia entre lo que creen estos restauracionistas cristianos y lo que profesan los
restauracionistas islámicos. No es tan raro que hace quinientos años los protestantes
recibieran financiación musulmana y apoyo político e ideológico: Dios los cría y ellos se
juntan, como ocurrió.
Pero la principal razón por la que condeno el restauracionismo es porque se trata de una
idea que no es concluyente. Cuando alguien cree en grandes teorías sobre conspiraciones
perversas, se las arregla para hacerse pasar por el héroe/campeón que Dios siempre

estuvo buscando. ¡Es su momento y el de nadie más! Ellos son la estrecha línea sagrada
que separa el Orden del Caos, el Cielo del Infierno. Y en la medida en que se les ratifica en
su estatus sagrado, todo lo que ellos puedan pensar, decir o hacer es aceptable. Después
de todo, es lo que “Dios quiso” siempre…

Por Angelo Stagnaro
Traducción de Carmelo López-Arias.
Fuente: Religión en libertad