LA SAGRADA TRADICION.

LA SAGRADA TRADICION.
La Tradición apostólica o Sagrada Tradición (del latín traditio, entregar, de tradere) es,
según la definición de la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, la parte de la Palabra
revelada por Dios que no pasó a ser escrita en la Biblia pero que sigue viva en la Iglesia.
Esa transmisión del mensaje de Cristo fue llevada a cabo, «desde los comienzos del
cristianismo, por la predicación, el testimonio, y el culto. Los apóstoles transmitieron a sus
sucesores, los obispos y, a través de estos, a todas las generaciones hasta el fin de los
tiempos todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo».
La Divina Revelación se realiza de dos modos: con la transmisión viva, por las
generaciones de fieles, de la Palabra de Dios (también llamada simplemente Tradición); y
con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación puesto por escrito.2
Ambas conjuntamente se denominan el depósito de la fe. Por lo que tenemos que hay
Tradición con T y tradicion con t.
Israel tenía tradición escrita “la Torah” y Tradición “Oral” que más tarde se recogió en la La
Mishná o Misná (del hebreo מִשְׁנָה, ‘estudio, repetición’) es un cuerpo de leyes judías
compiladas, que recoge y consolida la tradición oral judía desarrollada durante siglos desde
los tiempos de la Torá o ley escrita, y hasta su codificación a manos del rabino Yehudah
Hanas.
Tambien tenemos lo que dijo el Señor en: San Juan 21, “»25. Hay además otras muchas
cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría
para contener los libros que se escribieran.»
La Tradición en su sentido teológico
La Tradición siempre ha sido de importancia para la Iglesia, pero su estudio se hizo más
importante durante la contrarreforma, y en tiempos contemporáneos ante el ataque de la
herejía modernista.
Tradición apostólica y tradiciones eclesiales:
La Tradición de que hablamos aquí es la que viene de los apóstoles y transmite lo que
éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el
Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo
Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición
viva.
Es preciso distinguir de ella las «tradiciones» teológicas, disciplinares, litúrgicas o
devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales. Estas constituyen
formas particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones adaptadas a los
diversos lugares y a las diversas épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquéllas pueden
ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la
Iglesia.
Tradición divina se define, primero, como «la revelación de una verdad, de un hecho o de
una intuición hecha por Dios a los hombres, para que entre ellos se retransmita, se
conserve y se perpetúe».

La tradición escrita está en la Biblia y se denomina Sagrada Escritura, mientras que la que
permanece oral no tiene un nombre específico, sino que recibe el nombre genérico de
Tradición y es aquella parte de la Revelación que no está consignada por escrito en los
libros canónicos. Así es como llega a distinguirse la Revelación en sus dos partes: la
Escritura y la Tradición.
La Revelación, hecha por Dios en un momento concreto de la historia, debía, según la
disposición divina, transmitirse de generación en generación, y para eso quiso Dios mismo
disponer de un pueblo que realizara esa transmisión: Israel en el Antiguo Testamento; la
Iglesia en el Nuevo. la tradición, en primer lugar, lo que se transmite no es una simple
adquisición humana, sino las verdades y la vida divina comunicadas por Dios; en segundo
lugar, porque la transmisión misma no es un acontecimiento meramente humano, sino algo
que se realiza bajo la asistencia divina, que libró a Israel y, de modo especialísimo, libra a
la Iglesia de caer en deficiencias de transmisión.
La Iglesia es indefectible: Dios puede permitir —y permite de hecho— que el cristiano caiga
en el error o en el pecado; pero no permite que la Iglesia pierda la doctrina por Él revelada
ni los medios de santificación por Él instituidos, sino que actúa constantemente en ella
dándole vida y haciéndole trascender las limitaciones del espacio y del tiempo.
Resumiendo lo dicho, podemos definir la Tradición, en sentido teológico, como la
transmisión por parte de la Iglesia viva de la entera realidad cristiana.
La idea de tradición contiene tres elementos constitutivos:
A) activo, el acto de Dios comunicándose a los apóstoles;
B) pasivo u objetivo, o sea la cosa comunicada;
C) tercer elemento es la oralidad.
Estos tres elementos llevan a una segunda definición, «la Tradición es la divina revelación
no consignada en las Sagradas Letras, sino enseñada de viva voz por Cristo o dictada por
el Espíritu Santo a los apóstoles como fundadores de la Iglesia para que ella se conserve y
perpetúe.»
Divisiones de la tradición
Los estudiosos presentan dos clases de divisiones en la Tradición
1) La tradición divina o tradición dominical (del Señor) que es la revelada por Cristo a viva
voz, por otro lado, está la
2) tradición divino-apostólica que es la revelación del Espíritu Santo a los apóstoles;
3) se puede hacer una tercera distinción: la tradición eclesiástica, que NO tiene una
autoridad claramente menor, y es la que surge de los apóstoles, pero no de Dios.
4) Un ejemplo para aclarar este último concepto, que puede tomarse del apóstol San
Pablo: «A los casados, en cambio, les ordeno —y esto no es mandamiento mío, sino del
Señor— que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse,
o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer. En
cuanto a las otras preguntas, les digo yo, no el Señor: Si un hombre creyente tiene una
esposa que no cree, pero ella está dispuesta a convivir con él, que no la abandone.»
Como es obvio, esta última tiene una autoridad menor que la Tradición divino-apostólica;
no debe, sin embargo, ser identificada con una tradición meramente humana: la Iglesia
—no lo olvidemos— está asistida por el Espíritu Santo. Por lo demás, no siempre es fácil
determinar cuándo estamos ante una Tradición meramente eclesiástica: en muchas

ocasiones lo que a primera vista puede parecer tal, es en realidad la declaración o
explicitación de una realidad de origen apostólico, y entra, por tanto, en el ámbito de la
Tradición en sentido propio.
Segundo. la Tradición suele dividirse por su relación a la Sagrada Escritura:
1) lo que ella transmite no se halla en modo alguno en la Sagrada Escritura (v. gr. la
Asunción de María);
2) o, por el contrario, si la doctrina transmitida está contenida también explícitamente en los
libros sagrados;
3) interpretativa, si declara, explica o interpreta lo que, en forma rudimentaria, está
contenido en la Biblia.
Según el lugar observamos que la tradición puede ser universal, particular, o local. Según
el tiempo puede ser perpetua o temporal. Y por su fuerza normativa puede ser necesaria
(también llamada obligatoria) o libre. Que una tradición sea libre puede parecer al lector
como contradictorio, así que cabe ejemplificar otra vez con una cita de San Pablo: «Acerca
de los vírgenes, no tengo un precepto del Señor. Pero les daré un consejo (…) considero
que lo mejor es vivir sin casarse».
Definida así la Tradición, en lo que sigue analizaremos lo que al respecto nos dicen el
propio Cristo y los Apóstoles y lo que luego ha enseñado la Iglesia, a fin de determinar con
más detalle su realidad y naturaleza, para concluir con un estudio de los criterios que
permiten discernirla.
La realidad de la Tradición en Cristo y los Apóstoles
¿Como actuó Cristo?
Jesucristo pudo escoger distintas formas de comunicar su palabra. Pero si hacemos un
análisis de su modo de proceder pone de manifiesto una tremenda y única importancia
concedida a la predicación oral.
No solo los Evangelios lo muestran predicando y no escribiendo, sino que la misma forma
precisa, y por consiguiente fácil de retener, que Jesús daba a sus palabras estaba
destinada desde el principio a ser recibida en la predicación de los discípulos.
Jesús usó los recursos del estilo oral: paralelismos, sentencias rítmicas fáciles de aprender
de memoria, símiles y parábolas.
Su modo de actuar con los Apóstoles demuestra una decisión de conceder especial relieve
a la palabra en la misión de conservar y transmitir su doctrina.
El escoge a los apóstoles para que estén con Él y para enviarlos a predicar; y les va
formando personalmente y les va explicando el sentido de las parábolas; les da igualmente
una interpretación normativa de las antiguas Escrituras; y les envía a predicar e instruir a
las gentes en todo lo que Él les había enseñado. Estos hechos demuestran que Jesús
quiere comunicar un espíritu nuevo, que expresa en palabras y que debe realizarse en
vida.
En resumen, podemos decir que Jesucristo, de una parte, manifiesta un mensaje divino
dando el encargo de transmitirlo de generación en generación, fundando así la Tradición;

de otra, instaura un medio de transmisión en el que el testimonio personal y vivo de los
Apóstoles y la predicación oral tienen un papel decisivo.
Como actuaron los Apóstoles
Los Apóstoles son conscientes de haber recibido el encargo de predicar y dar testimonio de
la palabra recibida. Si vamos al libro de los Hechos de los Apóstoles se narra cómo se
construye precisamente la Iglesia por la PALABRA de los Apóstoles, Es significativo el
hecho del Concilio de Jerusalén, narrado en Hechos Todos los allí presentes tienen en
común el auténtico concepto de Tradición, o sea, la profunda convicción de que es
necesario conservar fielmente y transmitir inalterada la doctrina recibida y que los
Apóstoles deben velar sobre ello.
Y esa proclamación de la palabra se realiza bajo la acción del Espíritu Santo El Espíritu les
va comunicando a los Apóstoles una mayor comprensión del mensaje de Cristo, y del
misterio de su persona. San. Juan, que recoge en su Evangelio la promesa del envío del
Espíritu Santo, intercala a lo largo de la narración diversos incisos en los que pone de
manifiesto cómo ha sido Él quien ha hecho penetrar a los Apóstoles en la palabra de
Cristo, haciéndoles advertir cómo en Jesús se ha dado cumplimiento a las Escrituras; cuál
es el sentido de sus parábolas, de sus actos, de sus señales, en una palabra, de todas las
cosas que los discípulos no habían comprendido antes.
La Tradición, por consiguiente, en el Nuevo Testamento no es sino el Evangelio, la
Palabra, el misterio de Cristo confiado oralmente a los Apóstoles, conservado fielmente por
ellos y transmitido oralmente a los fieles.
Los Apóstoles insisten, por consiguiente, en la necesidad de ser fieles a lo recibido.
Particularmente explícito es San Pablo que hace de los actos correlativos de 1) recibir,2)
transmitir, 3) conservar, es decir, del principio mismo de la Tradición, la ley constructiva de
las comunidades cristianas.
Escribiendo a los fieles de Corinto, emplea en dos ocasiones diversas palabras típicamente
rabínicas para introducir fórmulas de la Tradición cristiana. «Porque yo recibí del Señor lo
que os he transmitido», dice al comienzo del relato de la cena del Señor; y más adelante, al
remitir a la fe en la Resurrección de Cristo, repite: «I Corintios, 15 1. Os recuerdo,
hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis
firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué… Si no,
¡habríais creído en vano! 3.Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que
Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;»
«Porque os transmití!!… lo que a mi vez recibí». San Pablo apela en estos casos a una
Tradición recibida y transmitida como algo fundamental en su argumentación. Lo que el
Apóstol ha recibido y lo que por eso debe predicar debe ser firmemente retenido por los
corintios, porque ha sido transmitido.
El contenido de esta predicación de S. Pablo está formado por dos grupos de objetos: por
una parte, el mensaje mismo de la fe, que es preciso recibir como palabra de Dios, y cuyo
centro lo ocupa el anuncio de la Muerte y Resurrección de Cristo; en segundo lugar, ciertas
reglas que se refieren a su disciplina interna o a la conducta cristiana. Por lo que se refiere
a la autoridad de su Tradición, S. Pablo recurre al Señor: lo que transmite lo ha recibido él
mismo del Señor, o por medio de los Apóstoles que estuvieron con el Señor. La acción

siempre presente de Cristo y del Espíritu Santo se ejerce con relación a una transmisión
apostólica.
Y como S. Pablo, los demás Apóstoles. Así, S. Pedro, en los discursos recogidos en el libro
de los Hechos, y S. Juan, que declara que los fieles deben mantenerse firmes en el
principio de la fe y de la predicación cristiana: «Lo que habéis oído al principio debe
permanecer en vosotros”
Permanecer firmes en lo que era desde el principio y en lo que ha sido transmitido por el
testimonio de los Apóstoles, es elemento esencial para que la comunidad tenga y
mantenga comunión con el Apóstol y, mediante el Apóstol, con el Padre y con su Hijo
Jesucristo. Un rasgo, implícito en todo lo anterior, debe ser subrayado: la importancia del
testimonio oral. Así lo manifiesta el hecho mismo del recurso a la predicación y el hecho de
que los escritos surjan no en el primer momento, sino años después.
Por lo demás, los escritos mismos remiten a una Tradición que es anterior y en cuyo
interior se sitúan. En lo que, probablemente, es el primer escrito del Nuevo Testamento, la
epístola a la comunidad cristiana de Tesalónica, S. Pablo se expresa con estas palabras:
“Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como
conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros… Sabéis, en
efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús”.
Lo que S. Pablo les expone aquí forma parte de la Tradición transmitida de viva voz, como
se lo dice abiertamente en la segunda epístola: «Así, pues, hermanos, manteneos firmes y
conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta». Y el
evangelista S. Lucas comienza su Evangelio diciendo: «Muchos han intentado narrar
ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros tal como nos las han
transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra».
Como se transmitió está a la generación post apostólica
Las epístolas pastorales son testimonio del modo y la forma como se lleva a cabo.
Supuesto que se está transmitiendo una verdad que no es su primera fuente a, y que esta
verdad debe de transmitirse inmutable por hombres que son llamados a desaparecer, la
Tradición entonces quiere necesariamente el valor de un DEPOSITO DE FE.
Por eso S. Pablo advierte a su discípulo Timoteo: «Guarda el depósito»; «Conserva el buen
depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros» 2 Timoteo 1:14
Este depósito, cuya custodia confía a Timoteo, ha de ser siempre la norma, la base, la
sustancia de toda doctrina enseñada en la Iglesia: «Toma como norma las palabras santas
que me has oído a mí». El depósito es la norma para juzgar de la verdad, denunciar las
herejías, propagar la santa doctrina. Como la palabra de Dios ha de transmitirse a otras
generaciones, el Apóstol encarga a sus inmediatos sucesores que ellos, a su vez, confíen a
hombres fieles todo cuanto le han oído, y que éstos a su vez sean capaces de instruir a
otros. No olvidemos que S. Pablo se dirige al ministro ordenado mediante la imposición de
las manos y en presencia de muchos testigos. Ello indica que se trata de un acto público y
solemne, en el cual se transmiten al ordenado el poder de enseñar y la Tradición doctrinal.
El puente que une la Iglesia apostólica y post apostólica es la Tradición de los Apóstoles
convertida en depósito firme, inalterable DE FE. Esta Tradición se confía especialmente a
aquellas personas que reciben el ministerio apostólico, a fin de que cuiden las

comunidades, y a las que se les da además la misión de que transmitan luego su función a
otros. La Tradición queda vinculada al hecho histórico de la sucesión apostólica. Mediante
la imposición de manos, los Apóstoles confían a otros hombres la continuación de su
ministerio y en él su palabra, su testimonio, su doctrina tal y como ellos la habían recibido
de Cristo y del Espíritu.
Los tres primeros siglos, los siglos de los Padres Apostólicos.
Durante el siglo. I es clara la actitud de la Iglesia ante la Tradición. Los primeros errores o
desviaciones doctrinales y disciplinares que aparecen en algunos cristianos obligan a los
Padres Apostólicos (S. Clemente Romano, S. Ignacio de Antioquía, S. Policarpo de
Esmirna y otros) a establecer y recordar normas de vida y de acción a fin de conservar la
pureza de la doctrina transmitida y recibida de los Apóstoles. Insisten en que es necesario
cerrar filas en torno al Obispo de cada comunidad, porque él está en el lugar de Dios Padre
y en lugar de los Apóstoles, y es garantía de la pureza de la fe transmitida. La enseñanza
recibida de los Apóstoles es testimoniada por la predicación de los obispos que rigen
legítimamente la comunidad cristiana, es decir, en el sentir unánime de todos los obispos
de la Iglesia Católica.
San Ireneo, obispo de Lyon (año 180), asegura que el santo obispo de Esmirna, Policarpo,
no hizo otra cosa sino «predicar lo que aprendió de los Apóstoles». Su famoso viaje a
Roma traduce en acto la convicción de un obispo que tiene necesidad de confrontar su
predicación con la de las restantes iglesias. En los escritos de S. Ireneo la idea de
Tradición aparece manifestada claramente y de un modo reflejo. Contra los gnósticos, que
distorsionan las Escrituras y se preciaban de una tradición secreta.
Ireneo se ve precisado a explicar ampliamente los medios a través de los cuales el
Evangelio del Señor ha sido transmitido por los Apóstoles a la Iglesia: la Escritura y la
Tradición. Ahora bien, esta Tradición se encuentra únicamente en la verdadera Iglesia de
Cristo, es decir, en aquellos que en la Iglesia poseen la sucesión desde los Apóstoles (que
han conservado la Palabra incorruptible y sin adulterar. porque estos ministros han recibido
con la sucesión del episcopado el carisma cierto de la verdad. Todo el mensaje cristiano
fue confiado por los Apóstoles a sus sucesores, por eso es absurdo hablar de tradiciones
secretas conocidas solo por algunos (como dicen los gnósticos), porque si los Apóstoles
hubiesen querido enseñar algún secreto especial, se lo hubieran confiado a aquellos a
quienes entregaban el poder de enseñar en su lugar y no a otros.
La verdadera Tradición «es la que, viniendo de los Apóstoles, está conservada en la Iglesia
por los sucesores de los presbíteros». Ésta es la razón por la que Ireneo tiene buen
cuidado en mostrar los catálogos de Obispos que en una sucesión ininterrumpida se
remontan hasta los Apóstoles, y especialmente el de la sede de Roma (15 obispos de
Roma).
Esta Tradición, esta acción de la Iglesia transmitiendo lo revelado, es de tal importancia
que, aun en el caso de que los Apóstoles no nos hubiesen dejado las Escrituras, hubiera
sido suficiente recurrir a ella para resolver las dudas y para conservar la fe, como lo
demuestra la existencia de muchos pueblos bárbaros que creen en Cristo teniendo en sus
corazones la salvación por medio del Espíritu sin escrito alguno y conservando con toda
fidelidad la doctrina apostólica. Esta Tradición es la que hace que, a pesar de la diversidad
de lugares y de idiomas, los miembros de la Iglesia profesen una misma y única fe, la
transmitida por los Apóstoles.44 La razón última que garantiza la autenticidad de la

Tradición es el Espíritu Santo. «Allí donde está la Iglesia, está el Espíritu de Dios, y allí
donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia. Ahora bien, el Espíritu es
verdad».
Parecida a la doctrina transmitida por S. Ireneo es la de Tertuliano; puede sintetizarse en
estas palabras: «Si nuestro Señor Jesucristo envió a los Apóstoles a predicar, no podemos
recibir otros predicadores que a los que Cristo constituyó como tales… Cuál sea la doctrina
predicada, nos consta por las iglesias por ellos fundadas… Estas iglesias tienen sus
credenciales en las listas de Obispos que se remontan hasta los Apóstoles en una
sucesión ininterrumpida». Según Tertuliano, la discusión con los herejes a base de las
Escrituras no es suficiente; se trata ante todo de saber a quién le corresponde de pleno
derecho la herencia apostólica de la fe y de las Escrituras, de saber «por mediación de
quién y cómo la doctrina que hace cristianos ha llegado hasta nosotros». En esta línea se
expresan todos los grandes escritores ante nicenos.
Del siglo IV en adelante:
Como se forma la Doctrina
Durante los s. IV-VIII, las herejías cristológicas, pneumatológicas e iconoclastas obligan a
los Padres y a los Concilios a recurrir con frecuencia a la Tradición. Su doctrina a este
propósito es fundamentalmente idéntica a la de los Padres apostólicos. Una síntesis al
respecto la constituyen estas palabras de S. Gregorio de Nisa: «Tenemos como garantía
más que suficiente de la verdad de nuestra enseñanza en la Tradición, es decir, la verdad
que ha llegado hasta nosotros desde los Apóstoles, por sucesión, como una herencia».
Coinciden con estas otras de S. Atanasio: «Veamos, asimismo, la Tradición que remonta al
comienzo; la enseñanza y la fe de la Iglesia Católica (fe) que el Señor ha dado, que los
Apóstoles han anunciado, que los Padres han conservado». La existencia de una Tradición
en la Iglesia, es decir, de una doctrina de origen apostólico con el mismo valor que la
Escritura es un hecho claro y evidente.
Los Padres de esta época no solo dan testimonio explícito de la existencia de la Tradición,
sino también de otro hecho: hay verdades no contenidas en la Escritura, pero a las que
debemos prestar total asentimiento porque están transmitidas por la Tradición oral.
Citemos a este propósito las palabras de S. Basilio: «Entre la doctrina y definiciones
conservadas en la Iglesia, recibimos unas de la enseñanza escrita y hemos recibido otras
transmitidas oralmente de la Tradición apostólica. Todas tienen la misma fuerza respecto
de la piedad; nadie lo negará, por muy poca experiencia que tenga de las instituciones
eclesiásticas: porque si tratamos de eliminar las costumbres no escritas con la excusa de
que no tienen gran fuerza, atentaríamos contra el Evangelio, sin darnos cuenta, en sus
puntos más esenciales».
Del mismo modo se expresa S. Epifanio: «Es también necesaria la Tradición porque no
puede sacarse todo de la Escritura; por lo cual, los Santos Apóstoles nos dejaron unas
cosas en las Escrituras, otras en las tradiciones”
S. Agustín afirma que el Bautismo de los niños es de origen apostólico, aunque no conste
claramente por la Escritura. De la misma forma asegura que la costumbre de no rebautizar
a los herejes proviene de una costumbre apostólica: «Esta costumbre viene de la Tradición
apostólica, como muchas cosas que no existen en sus escritos, ni en los Concilios
posteriores y, sin embargo, al ser observadas por toda la Iglesia, hay que creer que han

sido encomendadas y transmitidas por ellos». Coincide con este pensamiento de S.
Agustín
S. Jerónimo; «Aunque no existiese la autoridad de la Escritura, tenemos el consentimiento
de todo el orbe en esta parte como un mandato. Porque también otras muchas cosas que
se observan en las iglesias por Tradición reciben la misma autoridad que la ley escrita».
S. Juan Damasceno, el defensor del culto a las imágenes en la primera mitad del s. VIII,
apeló más de una vez a la Tradición apostólica. El Concilio II de Nicea nos ha legado una
de las afirmaciones más rotundas del Magisterio sobre la Tradición: «Si alguno rechaza
toda Tradición eclesiástica escrita o no escrita, sea anatema».
¿Pero cómo y dónde reconocer esta Tradición? El criterio lo expresa de una vez para
siempre S. Vicente de Leríns:
1) universalidad,
2) la antigüedad,
3) la unanimidad: No basta que la Iglesia entera crea una cosa para que pueda fundar una
presencia válida de apostolicidad a no ser que sea completado por el de la antigüedad.
En esa línea adquiere relieve la remisión no solo a los Concilios, sino a los grandes santos
escritores, es decir, a los Padres. Ya en siglos anteriores se los ha invocado; a partir de los
s. IV y V la remisión a ellos se hace más abundante. Así, en S. Atanasio, en la querella
nestoriana, etc. En el Concilio de Éfeso se comienzan las sesiones conciliares por la
lectura de textos de los Santos Padres y Obispos. Los Padres, en una palabra, son
considerados testigos de la Tradición como intermediarios de la transmisión de la verdad
después de Cristo y los Apóstoles.
La Tradición, por consiguiente, no es otra cosa que la misma predicación apostólica
recibida oralmente de los Apóstoles, conservada y transmitida en la Iglesia, antes y
después de escritos los libros sagrados, por la predicación magisterial de los sucesores de
los Apóstoles y por la fe de todos los pueblos que forman la Iglesia una y única de Cristo.
La Tradición es necesaria y suficiente para defender la fe frente a las herejías, para
discernir los libros sagrados y para la recta interpretación de estos.
La enseñanza de la Escolástica
Durante el siglo de oro de la Escolástica,) entre mediados del siglo XI y mediados del XV.)
el libro que sirve de base a la enseñanza de los grandes maestros en las Universidades es
la Biblia, porque ella es la norma infalible de la doctrina cristiana. A la vez son citados los
Concilios y los Padres como autoridades. Y, en cuestiones concretas, p. ej., la procesión
del Espíritu Santo del Hijo, el origen y forma del sacramento de la Confirmación, y la
veneración de las imágenes, se reconoce que «todo no ha sido escrito».
En el s. XIV, incluso aquellos escolásticos reducen la Teología a pura especulación, y
reconocen que la Escritura es la fuente en la que todo el que cultiva la Teología debe
alimentarse.
La riqueza de la Sagrada Escritura hace que todos remitan a ella y que falten declaraciones
explícitas sobre la Tradición como canal original y propio; más aún, no faltan textos que
señalan la Escritura como la única fuente de toda la doctrina.
Sin embargo, Pedro de Aquila afirma rotundamente que muchas verdades nos han sido
transmitidas sin que fuesen escritas en la Biblia; lo mismo sucede con otros autores a
propósito de ciertos temas sobre los sacramentos. Por otra parte, cuando remiten a lugares

diversos de los libros sagrados no usan la palabra Tradición en el sentido actual, sino que
emplean expresiones como «los Apóstoles por mandato de Cristo», «la Iglesia», «la
costumbre general», «el sentido común de los fieles», etc. Jacobo de Viterbo enumera lo
que él llama instituciones santas de la Iglesia tomadas o de la Escritura, o de la Tradición
apostólica, o de los Concilios
A finales del s. XIV, Ockham plantea abiertamente la cuestión de la existencia de verdades
católicas no consignadas en la Escritura,60 punto que, como hemos visto, fue poco
considerado por los escolásticos anteriores. De él parten los ensayos de clasificación de
las verdades cristianas y que seguirán otros maestros durante el s. XV.
Son importantes las declaraciones de Gerson, que reconoce que las verdades no escritas
ocupan un lugar de gran importancia, aunque afirma que la Sagrada Escritura es la fuente
fundamental de la doctrina cristiana y que las tradiciones apostólicas se remontan en cierto
sentido a la Biblia; como criterio de discernimiento exige que las tradiciones no escritas
lleguen hasta los Apóstoles por una Tradición ininterrumpida y que sean reconocidas por la
Iglesia.
Para la Escolástica, por consiguiente, la conservación y transmisión de la doctrina cristiana
ha tenido lugar por la acción simultánea de dos factores: una carta fundamental, la
Escritura, y otro elemento más fluido, la Tradición. No tratan expresamente el problema de
la Tradición, quizá porque ellos mismos se encuentran como inmersos en ella, y agentes
de esta.

Las definiciones del Concilio de Trento
La existencia y autoridad de las tradiciones apostólicas

La doctrina de la Tradición sufre un ataque virulento por parte de los protestantes. Lutero
emplea poco la palabra Tradición y cuando lo hace le da un sentido despectivo. Las
tradiciones son para él «tradiciones humanas», con todo lo que esta expresión tiene de
despectivo. Todos los protestantes, con los matices propios de cada uno, elaboran una
explicación de la Escritura como único principio de determinación de la existencia cristiana,
excluyendo la Tradición: la Escritura, dicen, da testimonio a favor de sí misma, desarrolla
por sí misma su propia autoridad, se explica a sí misma, se identifica absolutamente con la
Palabra de Dios de manera que no hay Palabra de Dios fuera de ella. Este planteamiento
equivalía a negar que la Iglesia estuviera animada por el Espíritu Santo y, por tanto, a
destruir toda la eclesiología cristiana.

El Concilio de Trento quiso, frente a todo ello, reafirmar los principios que la Iglesia había
vivido siempre. El resultado fue el decreto De canonicis Scripturis promulgado en la sesión
4.ª el 8 de abril de 1546. Su intención era «conservar la pureza del Evangelio, que,
prometido por los Profetas, predicado más tarde por Cristo el Hijo de Dios, el cual
encomendó a sus Apóstoles predicarlo a toda criatura, como fuente de toda verdad
salvífica y de toda disciplina de costumbres. Esta verdad salvífica y disciplina de
costumbres están contenidas en los Libros santos y en las tradiciones no escritas, que
recibidas por los Apóstoles de labios de Cristo o transmitidas por los mismos Apóstoles,
bajo la inspiración del Espíritu Santo, llegaron hasta nosotros como si pasaran de mano en
mano. Por eso el Concilio con igual afecto de piedad e igual reverencia recibe y venera a

todos los libros… y también las tradiciones mismas que pertenecen a la fe y a las
costumbres, como oralmente dictadas por Cristo o por el Espíritu Santo y conservadas en
continua sucesión en la Iglesia Católica».

Lo primero que señala el Concilio es la unicidad de la fuente y el pleno valor fontal del
Evangelio, entendiendo por Evangelio todo mensaje de Cristo, su Palabra comunicada a la
Iglesia por los Apóstoles. En segundo lugar, este Evangelio desde los Apóstoles ha llegado
a nosotros por medio de los libros escritos y por medio de las tradiciones no escritas que
proceden de su predicación oral. Son dos canales, dos cauces por medio de los cuales
nosotros nos ponemos en contacto con la única fuente que es el Evangelio del Señor.

El primer problema que hubo de dilucidar el Concilio fue si entre las tradiciones habría que
considerar las tradiciones eclesiásticas o solamente las apostólicas. Los Legados, a pesar
de la insistencia del cardenal Farnese, acordaron tratar únicamente de las tradiciones
apostólicas. «El orden exige, decían los Legados, que tratemos en primer lugar de los
Libros Sagrados, después de las tradiciones apostólicas y, por último, de las tradiciones
eclesiásticas. Los Libros y las tradiciones apostólicas tienen el mismo autor”

Otro punto que resolvió el Concilio fue la permanencia de las mismas: se trataba, en suma,
de ocuparse de aquellas tradiciones apostólicas que -como dirá luego el texto del Decreto-
«habían llegado hasta nosotros como si pasaron de mano en mano». Ahora bien, esas
tradiciones apostólicas eran de muy diversa categoría: las hay dogmáticas, litúrgicas,
disciplinarias, etc. Era, pues, necesario esclarecer también este punto. Entre los Padres
algunos se oponían a referirse a todas ellas en general sin hacer aclaraciones previas. El
primero que se refirió a la diversidad que había en las tradiciones apostólicas fue el jesuita
Jayo: unas, decía, pertenecen a la fe y por lo mismo tienen idéntica autoridad que el
Evangelio; otras son simplemente de orden litúrgico, y ello hace que no deban ser recibidas
en la misma línea de autoridad.

No obstante, esa distinción hecha por Jayo y apoyada por otros Padres, los cardenales
Legados fueron del parecer que se recibieran de un modo genérico, sin especificación de
ninguna clase.67 Sin embargo, en la segunda redacción del Decreto, la palabra
«tradiciones» fue especificada con la expresión «pertenecientes a la fe y a las
costumbres». El término «costumbres» se usaba, por consiguiente, para designar las
tradiciones litúrgicas, institucionales o disciplinares como unidas a las pertenecientes a la
fe. De esta forma el Concilio explicaba qué tradiciones recibía: eran unas tradiciones
apostólicas conservadas sin interrupción en la Iglesia, de orden dogmático, litúrgico o
disciplinar, no consignadas en la Escritura, y que los Apóstoles, después de recibirlas de
Cristo y del Espíritu Santo, habían confiado a la Iglesia.

Relaciones entre la Escritura y la Tradición
Por último, conviene señalar que el Concilio fundamenta la autoridad de las tradiciones en
dos puntos: uno es la sucesión apostólica y otro la acción del Espíritu Santo. Si el Concilio
acepta las tradiciones es que tienen el mismo origen que las Escrituras, el Espíritu Santo.

Ahí está, en su raíz, el núcleo de la doctrina católica al respecto, a partir del cual cabe
desarrollar amplias consecuencias.

El Concilio de Trento, sin embargo, no se extendió en ello. De acuerdo con su criterio
general de ir a lo esencial de la doctrina católica frente al peligro del oscurecimiento nacido
de Lutero, el Concilio se limita a poner de manifiesto que son dos las formas en las que el
Evangelio de Jesucristo, fuente de toda verdad salvífica y disciplina cristiana, se nos
comunica en toda su pureza, y a subrayar que ambas formas han de ser recibidas con
igual afecto de piedad, pero no entra a precisar más sus relaciones.
Los teólogos de la época tridentina

La realidad de una Tradición unida a la Escritura, pero diversa de ésta y con un mismo
valor normativo de la fe cristiana, es una verdad sentada en Trento que los teólogos
contemporáneos y posteriores comentan y desarrollan. Cristo no escribió ni mandó escribir
a sus Apóstoles, sino predicar. Los Apóstoles, a su vez, se acomodan a este precepto del
Señor fundando las iglesias de viva voz, al menos en los primeros años. Y una vez que los
Apóstoles y los varones apostólicos deciden escribir y lo hacen bajo la acción del Espíritu
Santo, la Iglesia no renuncia a la predicación apostólica, que continúa viva y presente en la
voz, en los oídos y en los corazones de los fieles.

Los teólogos de la época ponen de manifiesto que la Tradición en su sentido amplio
comprende todo dogma recibido por la fe de los fieles y por la Iglesia de la enseñanza de
los Apóstoles, y en ocasiones identifican con la vida misma de la Iglesia, con su fe, con el
consentimiento unánime de todas las iglesias a través de los siglos. No obstante, en la
mayoría de los casos usan la palabra en su sentido restringido, entendiendo por Tradición
la doctrina que la Iglesia ha conservado sin consignar en los libros sagrados.

La Tradición queda así definida por oposición a la Escritura y constituida por el conjunto de
verdades reveladas, transmitidas y conservadas en la Iglesia por un medio distinto a la
Sagrada Escritura, es decir, de viva voz. «En su sentido estricto y formal, dice Pérez de
Ayala, la palabra tradición significa la verdad conservada y retransmitida de corazón a
corazón por los antepasados a sus descendientes de viva voz». Conviene aclarar que,
aunque hablen especialmente de la doctrina como contenido de la Tradición, no la
restringen a ello: la Tradición comprende igualmente hechos, costumbres y otras realidades
reveladas por Dios.

Entrando a explicar las relaciones entre Sagrada Escritura y Tradición, afirman que las
tradiciones apostólicas son de tres clases:
1) unas, a través de las cuales nos ha llegado la Escritura;
2) otras, que explican y exponen el texto sagrado, y
3) otras, que ayudan a la Iglesia a resolver las dificultades que se presentan en torno a la
fe.
4) Existen en la Iglesia, por consiguiente, unas tradiciones dogmáticas que constituyen el
fundamento de nuestra fe, en las que se incluyen dogmas no escritos, es decir, verdades

reveladas, transmitidas oralmente y tan necesarias a la salvación de los hombres como lo
son las que nos han llegado por medio de la Escritura.

Estas tradiciones se transmiten y conservan en la Iglesia en razón de dos principios: la
sucesión apostólica y la acción asistencial del Espíritu Santo. Una verdad fundamental muy
comentada por la teología de esta época es, en efecto, la de la identidad de la Iglesia
actual con la Iglesia del tiempo de los Apóstoles: la Iglesia es siempre la misma porque su
doctrina concuerda con la de la Iglesia original de los Apóstoles, que a su vez recibieron la
doctrina de Cristo, y Cristo de Dios. Y además porque no solo los Apóstoles sino la Iglesia
en toda su historia cuenta con la asistencia del Espíritu Santo.

Si el Espíritu Santo habla por la Escritura, lo hace también por las tradiciones y por la
Iglesia misma. Como consecuencia de todo ello, explican que la Tradición tiene el mismo
valor que la Escritura, ya que ambas son Palabra de Dios. No se puede, pues, limitar
nuestra fe a la Escritura de modo que solo se reciba lo escrito, ya que la Tradición y la
Escritura son palabra del Espíritu Santo. Una y otra tienen un origen común, una y otra se
encuentran dentro de la Iglesia, una y otra tienen su primer principio en Cristo y en el
Espíritu Santo; y por lo mismo, una y otra tienen la misma autoridad.

Una vez analizadas la existencia y la naturaleza de la Tradición, los teólogos postridentinos
consideran las relaciones existentes entre la Escritura y la Tradición, tema que sintetizan
en estas palabras: la Tradición es «más antigua», «más clara», «más común», «más
abundante» que la Escritura. El aspecto más importante es el de la abundancia. ¿Qué
sentido tiene? ¿Existe en la Tradición un contenido distinto al de la Escritura?

Para los teólogos de esta época existen verdades relativas a la fe contenidas en las
tradiciones que no están en la Escritura. Es éste un principio repetido una y mil veces en
sus obras. Sin embargo, una y otra vez repiten también que en la Escritura está contenida
toda la Revelación «de un modo genérico», «en cierto sentido», «en general»,
«implícitamente», «de modo mediato», «radicalmente», «en semilla», lo que significa que la
Escritura testifica la infalibilidad de la Iglesia, la asistencia del Espíritu Santo y el hecho de
unas tradiciones no escritas. En este sentido radicalmente todo queda vinculado a la
Escritura. Insisten mucho también en otro aspecto fundamental: la Tradición explica la
Escritura. La Escritura, en algunos puntos, es oscura y necesita por lo mismo una
inteligencia, una comprensión. El sentido que Dios ha colocado bajo sus palabras necesita
ser descubierto de una manera progresiva. Este sentido e inteligencia, que viene del
Espíritu Santo, constituye un aspecto de la Revelación divina y la Iglesia lo conserva en sus
tradiciones, en su fe, en el corazón de los fieles, en su misma vida, en una palabra, en su
Tradición. (Para documentar todo lo expuesto, cfr. V. Proaño Gil, Tradición, Escritura e
Iglesia, o. c. en bibl.).

La Teología y el Magisterio posteriores

El Concilio Vaticano I vuelve a ocuparse del tema, usando términos muy parecidos a los de
Trento. Ya en el comienzo de la Constitución Dei Filius, afirman los Padres conciliares que
exponen la doctrina «fundados en la Palabra de Dios escrita o transmitida». Al mismo
tiempo recuerda que es a la Iglesia a quien corresponde juzgar auténticamente el
contenido de la palabra divina, y subraya la autoridad del Magisterio a ese respecto. Al
Magisterio le corresponde conservar, guardar y declarar el depósito contenido en la
Escritura y en la Tradición.

En los años posteriores, y especialmente ya en el s. XX, el tema de la Tradición ha sido
considerado desde dos perspectivas: 1) Con respecto a la orientación de la investigación
teológica, lo que motiva las aclaraciones hechas por Pío XII en la Encíclica Humani
generis, de 1950: el Magisterio es regla próxima de la labor teológica; debe, pues, acudirse
a las fuentes no para sustituir lo definido por el Magisterio con expresiones menos precisas,
sino al contrario, explicando lo oscuro a partir de lo claro. En toda la exposición Pío XII se
refiere al depósito de la fe como contenido «en las Sagrada Escritura y la divina Tradición».

Con respecto al movimiento ecuménico

En algunos ambientes protestantes se advierte un cierto reconocimiento de la Tradición,
aunque limitado (así ocurre con Oscar Cullmann, con los ambientes relacionados con la
abadía de Taizé, en la conferencia del movimiento «Fe y Constitución» celebrada en
Montreal en 1963…). Entre algunos teólogos católicos se realiza un intento de facilitación
del diálogo interconfesional, lo que los lleva a insistir en la íntima unidad que existe entre
Escritura y Tradición, y, en algún caso, a adoptar posiciones minimistas con respecto a
esta última.

La enseñanza del Concilio Vaticano II

Naturaleza de la Tradición
El Concilio Vaticano II ha dedicado uno de sus principales documentos, la Constitución
dogmática Dei Verbum, al tema de la Revelación y su transmisión. El Concilio parte ante
todo del hecho base: Cristo ha escogido como medio de la transmisión viva de la
Revelación el ministerio de sus Apóstoles y de sus sucesores. Esta transmisión viva incluye
amplitud de medios.

No se limita a la predicación oral, sino que comprende también ejemplos e instituciones, del
mismo modo que los Apóstoles recibieron la Revelación no solo de las enseñanzas orales
de Jesús, sino también de su vida y de sus obras. Los mismos Apóstoles u otros de su
generación pusieron por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo, el mensaje cristiano
de salvación. Finalmente, los Apóstoles eligieron a otros sucesores suyos a los que
confiaron su cargo de Magisterio, ya que por voluntad de Dios el Evangelio había que
conservarlo íntegro y vivo. De esta forma el Concilio vincula la conservación y transmisión
de la Revelación divina al hecho de la sucesión apostólica. Los Obispos, sucesores de los

Apóstoles, han sido instituidos para conservar y transmitir fielmente la predicación
apostólica.

La función conservadora de la Tradición no se realiza solamente por medio de los Obispos,
corresponde también a toda la Iglesia, por lo que los Apóstoles amonestan a los fieles que
conserven las tradiciones que han recibido de palabra o por escrito. El Concilio viene así a
decir que, en el fondo, la Tradición no es otra cosa que la misma Iglesia, que, en su
doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que
ella es y todo lo que ella cree.

Escritura, Tradición y Magisterio

Pasando a explicar la función de la Tradición con respecto a la Palabra escrita de Dios, el
Concilio la concreta afirmando que ambas constituyen el depósito sagrado de la Palabra de
Dios, confiado a la Iglesia. Precisando más, subraya tres puntos.

1) En primer lugar deja constancia de que es la Tradición quien nos da a conocer el Canon
íntegro de los libros sagrados, pues el hecho de la inspiración de los libros solo es
cognoscible por el testimonio de quien es testigo autorizado, es decir, la Tradición.
2) En segundo lugar, pone de manifiesto cómo la Tradición hace comprender más
profundamente la Palabra de Dios, en cuanto que Dios, presente en la Iglesia, hace que en
ella resuene siempre la voz de Cristo, de manera que la Tradición transmite la verdad
divina y hace comprender más profundamente la Sagrada Escritura.
3) Por último, afirma que la Tradición hace incesantemente operativa a la Escritura, pues la
palabra escrita necesita ser aplicada a la realidad concreta de los hombres y esto le
corresponde a la Tradición y especialísimamente al Magisterio de los sucesores de los
Apóstoles, por lo que se refiere a la aplicación de modo autorizado y auténtico. La
Tradición y la Escritura se enlazan y comunican estrechamente entre sí, porque una y otra
son Palabra de Dios, «manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren
hacia el mismo fin».
4) La Escritura evidentemente no solo transmite la Palabra de Dios, sino que ella misma es
formalmente Palabra de Dios. La Tradición, a su vez, aunque palabra humana, transmite la
Palabra de Dios en cuanto comunica la predicación oral de los Apóstoles y la misma
palabra escrita, presentando los libros sagrados como tales y haciendo operante su
contenido. De toda esta doctrina saca el Concilio dos conclusiones prácticas. La primera es
la siguiente: «La Iglesia no deriva solamente de la Escritura su certeza de todas las
verdades reveladas». La segunda es que la Sagrada Escritura y la Tradición han de
recibirse con idéntico espíritu de piedad y reverencia, como había enseñado el Concilio de
Trento. Como se ve, el Concilio quiere dejar claro la insuficiencia del principio protestante
de la sola Scriptura, pero no decide algunas cuestiones debatidas entre los autores
católicos sobre la mutua interconexión entre Tradición y Escritura.

Concluye el Concilio señalando las relaciones de la Sagrada Escritura y la Tradición con el
Magisterio. Cristo, afirma, ordenó a los Apóstoles que la Buena Nueva se transmitiese en

primer lugar por la predicación, o sea, por la transmisión oral, y que los Apóstoles
traspasaran ese mandato a sus mismos sucesores. En cumplimiento de este mandato, los
Apóstoles confiaron a los obispos, sucesores suyos, no solo un depósito de doctrina, sino
su propio cargo del Magisterio. Ahora bien, esta misión importaba dos cosas: por una parte,
la tarea de transmitir materialmente la Revelación, y por otra, la de explicarla
auténticamente.

Al Magisterio vivo le corresponde, por consiguiente, conservar, transmitir y explicar
auténticamente la doctrina recibida de los Apóstoles. Si en la Tradición existe un
crecimiento gracias a la predicación de los Pastores, este crecimiento no significa otra cosa
que la plena conservación de la Palabra de Dios en su pureza. Así, el Magisterio sirve
fielmente a la Tradición, como Palabra de Dios transmitida. Toda esta tarea del Magisterio
se realiza por mandato de Cristo y con la asistencia del Espíritu Santo.
Criterios de la Tradición

La exposición histórica que acabamos de hacer pone de manifiesto la naturaleza de la
Tradición y el papel insustituible que, por institución divina, tiene en la transmisión de la
Palabra de Dios. Ahora bien, ¿Cómo conocer la Tradición?, ¿dónde consta?, ¿cuáles son
los criterios que permiten discernirla? ¿Dónde se la encuentra? Analicemos a continuación
los principales.

La autoridad más importante, más idónea, y más segura para saber si una costumbre o
precepto surge de la tradición, es el magisterio de la Iglesia. En palabras de Ramírez
Dulanto: «Siendo, pues, las verdades reveladas el objeto propio de ese magisterio, la
naturaleza de las cosas exige que a él se le atribuya esa facultad discretiva». El Magisterio
es, en efecto, a la vez intérprete autorizado de la Sagrada Escritura y de la Tradición, y
testigo y eco de esta última, que es recogida en sus declaraciones y definiciones. Habiendo
ya sido estudiadas las propiedades y modo de ejercicio del Magisterio en la voz
correspondiente, no es necesario extendernos más aquí.

Afirma Melchor Cano en De locis Theologicis III, que hay otras maneras de intuir si algo
viene de la Tradición: especialmente si está atestiguado en la actitud universal de la Iglesia,
de los fieles, o de los primeros autores cristianos.

La actitud universal de la Iglesia

Si un artículo de fe es creído, o si una costumbre es observada, en todas partes, en todos
los tiempos, y por todos los fieles, aunque nunca jamás haya sido instituido formalmente
por un Papa, ni por un Concilio, ni esté expresamente escrito en la Biblia, queda en
evidencia que ese dogma o esa costumbre proviene de la Tradición. Abundan ejemplos: el
ayuno cuaresmal, el uso de lámparas en los templos, el bautismo de los niños, la
veneración de los santos.
El sentir unánime de los fieles

Otro criterio de excepcional importancia es «el sentido de la fe» de todo el pueblo cristiano.
Se trata de un don de Dios que afecta a la realidad subjetiva de la fe y que da a toda la
Iglesia la seguridad de una fe indefectible.

Ya desde la antigüedad se considera este sentido de la fe como un criterio de Tradición. S.
Ireneo habla de «la salvación que muchos pueblos bárbaros poseen escrita sin tinta ni
papel por el Espíritu Santo en su corazón y así guardan la tradición antigua con cuidado
creyendo en un solo Dios». Según Tertuliano, el Espíritu de verdad no puede dejar que el
pueblo crea otra cosa que lo que Cristo predicaba. S. Agustín invoca la fe de la Iglesia a
propósito de la necesidad de la gracia, atestiguada por el sentido que dan los fieles a la
oración y a propósito de la necesidad y eficacia del Bautismo, especialmente de los niños
pequeños. El Concilio Tridentino al comienzo de algunas sesiones recurre a la fe de toda la
Iglesia. Entre los teólogos inmediatamente posteriores a Trento, es frecuente el uso de la
expresión: «El Evangelio quedó escrito en los corazones de los fieles» para justificar la
conservación de las tradiciones escritas. Los papas Pío IX y Pío XII se refirieron en la
definición de los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción de la Virgen al perpetuo sentir
del pueblo fiel.

El Concilio Vaticano II sintetiza esa enseñanza. La Tradición, dice, conserva la predicación
de los Apóstoles, es decir, la doctrina transmitida oralmente, y este quehacer corresponde
a los sucesores de los Apóstoles y a los fieles todos, a cada uno según la misión que le ha
sido confiada. De esta forma, no solo los Obispos, sino los fieles todos se constituyen en
órganos de la Tradición, ya que en su fe conservan la predicación apostólica.

Así lo enseñan las palabras de S. Pablo cuando amonesta a los fieles a que conserven las
tradiciones que han aprendido de palabra o por escrito, y las de S. Judas cuando invita a
combatir por la fe que se les ha transmitido. Corrobora esta misma doctrina el Concilio
cuando hace ver que la Tradición se identifica con la misma Iglesia, que, en su vida y en su
culto, perpetúa y transmite a través de las generaciones su fe su gracia, su caridad y todo
lo que ella es, y cuando al hablar igualmente del continuo progreso de la Tradición y
señalar los factores determinantes, cita en primer lugar «la reflexión y el estudio de los
creyentes». Por su parte, la Const. Lumen Gentium declara que, mediante el sentido de la
fe, los fieles «se adhieren indefectiblemente a la fe transmitida a los santos una vez para
siempre, penetran más profundamente en ella mediante un juicio recto y la aplican más
plenamente a la vida» oda esta acción la realiza el Pueblo de Dios con dos condicionantes:
• la acción asistencial del Espíritu Santo y
• la subordinación al Magisterio.
El Espíritu Santo está presente en toda la Iglesia y la instruye en todo; y así el Concilio
Vaticano II declara que si los fieles no pueden engañarse en su creencia cuando
manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y costumbres, ello es debido a la
unción del Espíritu Santo. Aun cuando se trate de un don del Espíritu Santo concedido a
todo el pueblo, no queda desvinculado de la autoridad docente de la Iglesia, a la que
corresponde proponer autoritativamente la palabra de Dios De esa forma «prelados y fieles

colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe
recibida».

Los Santos Padres

Criterio fundamental son las palabras y escritos de los Santos Padres, que «atestiguan la
presencia viva de esta Tradición». Ya en la antigüedad los Concilios ecuménicos recurren
al consentimiento de los Padres para conocer la doctrina tradicional de la Iglesia; así, Éfeso
para la maternidad divina de María, Calcedonia para las dos naturalezas de Cristo, el
segundo de Nicea para las imágenes, etc. Ahora bien, ¿quiénes son los Padres? En el
primitivo cristianismo recibían el apelativo de «Padre» aquellos que instruían a otros en la
fe, y como el oficio de enseñar incumbía a los obispos, éstos recibían de modo especial el
nombre de Padres. Posteriormente, S. Agustín designa con este nombre a S. Jerónimo,
que no era obispo, teniendo en cuenta su doctrina y santidad.

Entre los teólogos católicos actuales se conocen comúnmente con el nombre de «Padre» a
aquellos escritores eclesiásticos que reúnen las cuatro notas distintivas siguientes:

  1. doctrina ortodoxa,
  2. santidad de vida,
  3. antigüedad y
  4. aprobación de la Iglesia.
    Aquellos autores antiguos a los que no les cuadra alguna de estas notas reciben el nombre
    de escritores eclesiásticos, p. ej., Tertuliano y Orígenes.
    Para que los Padres constituyan verdadero criterio de Tradición es necesario:
    • que propongan una doctrina como perteneciente a la fe o a las costumbres, no solo
    objetivamente, sino también subjetivamente considerada;
    • que la propongan como testigos de la fe o como doctores auténticos de una manera cierta
    y segura;
    • que exista un consentimiento moralmente unánime entre los Padres acerca de una
    materia. El problema radica en señalar cuándo existe ese sentir unánime de los Padres,
    pues pueden darse casos especiales en que el consentimiento de unos pocos, por la gran
    autoridad que tuvieron en la Iglesia, equivalga al de una mayoría. Más aún, puede suceder
    que el testimonio de un solo Padre sea un criterio cierto de Tradición, sobre todo si ese
    Padre es altamente significativo en la materia que trata, p. ej., S. Atanasio en materia
    trinitaria, S. Agustín en la gracia y S. Cirilo de Alejandría en cristología. Por lo que se refiere
    a la interpretación de la Sagrada Escritura, para que el consentimiento unánime de los
    Padres sea criterio cierto de Tradición se requiere no solo el sentir unánime en una
    determinada interpretación, sino que además la propongan como el sentido que le fue
    inspirado al autor sagrado, es decir, que no se trate de una interpretación acomodada con
    un fin puramente espiritual.

    La Liturgia

El relator de la Const. Dei Verbum, al presentar la doctrina contenida en el nº 8 de la
misma, afirmó que la Liturgia es un testimonio privilegiado de la Tradición viva, y citó un

texto de Pío XII según el cual «con dificultad se hallará una verdad de la fe cristiana que no
esté de alguna manera expresada en la Liturgia». Esta importancia de la Liturgia como
criterio y testimonio de la Tradición es subrayado desde la antigüedad. Lo usó S. Agustín
para defender la necesidad de la gracia y antes que él lo usaron Tertuliano y S. Cipriano.
En la época contemporánea el papa Pío XI habló de la «Liturgia como didascalia de la
Iglesia…, como el órgano más importante del Magisterio ordinario».

Con bastante frecuencia se ha repetido la venerable fórmula de Próspero de Aquitania
«legem credendi lex ex statuat suplicandi», como síntesis de esta doctrina, cuyo sentido
explica Pío XII en la Encíclica Mediator Dei. Las doxologías y los símbolos usados en el
culto han sido siempre lugares destacados en los que se reflejaba la verdad de la fe, ya
sea afirmándose contra los ataques, ya sea consignando los avances conseguidos. Por
otra parte, nadie puede negar cuán preciosas enseñanzas se derivan de la praxis litúrgica,
p. ej., en la veneración de las imágenes y en la administración concreta de los
sacramentos. La disciplina penitencial está llena de informaciones sobre la teología de este
sacramento. Por eso Pío XII pudo llamar a la Liturgia «el espejo fiel de la doctrina
transmitida por los antiguos».

La razón por la cual la Liturgia constituye un criterio de Tradición es porque ella es la voz
de la Iglesia que expresa su fe, la canta, la practica en una celebración viviente. La Liturgia,
igualmente, es una acción sagrada, una acción que incorpora una convicción, la expresa, y,
por lo mismo, la desarrolla. Por otra parte, la Liturgia, siendo ritual, tiene gran poder de
conservación, porque el rito es fijo, se transmite y practica como tal. A esto hay que añadir
que el sujeto responsable de sus afirmaciones es siempre la Iglesia. La Liturgia se
desarrolla a partir de un fondo común que se remonta hasta los Apóstoles. Los mismos
ritos y fórmulas, aunque nazcan de una iniciativa particular, para que penetren en la
Liturgia han de ser aceptados por la Iglesia y aprobados por la autoridad guardiana de la
Tradición apostólica. Esto, no obstante, hay que reconocer que es un criterio difícil de usar.
La Liturgia, testigo privilegiado de la creencia de una Iglesia, no tiene otra autoridad que la
del Magisterio que la ha aprobado. Por eso, antes de examinar la fuerza que pueda tener
una doctrina extraída de la Liturgia, es preciso analizar qué antigüedad, universalidad y
aprobación tiene dicha Liturgia.

TEMA TOMADO DE VARIAS FUENTES ENTRE ELLAS WIKIPEDIA Y LA ENCICLOPEDIA
CATOLICA.