LA PARUSIA, QUE PASARA CON EL MUNDO

La parusía
Es el acontecimiento y la manifestación definitiva de Cristo en gloria.
Como acontecimiento universal y cósmico, en el que están recogidos y
plenamente revelados todos los signos de la presencia de Dios en el mundo, será
el cumplimiento de la espera del hombre y de la humanidad entera, de la espera
del adviento glorioso del Señor resucitado, en la certeza de que toda la historia de
la salvación concluirá y se consumará en él. 
El anuncio de la venida de Cristo al final de los tiempos se contiene en todas las
manifestaciones de la fe de la Iglesia, aunque nunca fue objeto de discusión o
reflexión específica, Así: 
1.1.1. La fe en la parusía queda registrada en los Símbolos desde sus primeras
redacciones: «ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos» (Símbolos
Apostólico, Niceno…). Conviene notar que el juicio no ocupa el primer lugar, sino
la parusía o la manifestación del poder de Cristo, por lo que posteriormente se
añadió: «que ha de venir con gloria…» (Símbolo Niceno-constantinopolitano;
Credo del Pueblo de Dios de Pablo Vi). 
Sin embargo, el juicio está íntimamente unido a la venida gloriosa del resucitado,
de modo que sólo puede entenderse en conexión con ella. 
1.1.2. La liturgia de la Iglesia es una anticipación mística del reino de Dios: lo que
ahora acontece produce algo que será realidad permanente al final de los
tiempos. El Concilio 
Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium (1963) nos recuerda la
parusía en un contexto litúrgico: «aguardamos al salvador, nuestro Señor
Jesucristo, hasta que se manifieste él, nuestra vida, y nosotros nos
manifestaremos con él en gloria>, (n. 8). 
En la eucaristía, los creyentes reafirman su esperanza en la venida gloriosa de
Cristo, a la vez que confiesan la fe en su actual presencia bajo las especies
sacramentales: como el Señor ha venido ahora y está realmente entre nosotros 
respondiendo a la petición de la Iglesia, del mismo modo vendrá al término de la
historia, respondiendo a su invocación, en la que expresa el anhelo vehemente de
que venga gloriosa y manifiestamente su Esposo. 

La invocación aramea «marana-tha», introducida en el acto central del culto
cristiano, la recitaban los primeros discípulos de Jesús, como nos consta por la
«Didaché» (¿principios del siglo ll?). La reforma litúrgica, que siguió al Concilio
Vaticano II (1962-1965), ha incorporado esta aclamación multisecular a la
celebración eucarística: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección:
¡ven, Señor Jesús! Este anhelo también está 
presente en la oración, particularmente, en el Padre nuestro: «venga a nosotros
tu Reino». 

 La resurrección de los muertos
El Nuevo Testamento proclama como esperanza específica cristiana
la resurrección de los muertos, consecuencia de la resurrección de Cristo y
conformación con Cristo resucitado. Escribe San Agustín: «Es propio de los
cristianos creer en la 
resurrección de los muertos. Cristo, nuestra cabeza, la mostró en sí mismo y la ha
dejado como ejemplo para nuestra fe» 13.
Por eso mismo, la fe en la resurrección de los muertos ha sido propuesta de modo
constante en los documentos del Magisterio eclesiástico desde la antigüedad
hasta nuestros días. 
Los pronunciamientos del Magisterio abordan no sólo el hecho de la resurrección,
sino 
que también ofrecen determinadas precisiones del mismo: 
a) La resurrección es un evento escatológico, que tendrá lugar en el último día o al
final del mundo. 
b) Es un evento universal, pues resucitarán todos los muertos, tanto los justos
como los pecadores.
c) Es un evento que incluye la identidad somática, pues los muertos resucitarán
con sus propios cuerpos, es decir, «en su propia carne y no en otra».
Orígenes (185-253) merece especial mención, aunque su doctrina sea la más
compleja y difícil de toda la patrística. Nos limitaremos a aludir al modo de la
resurrección, ya que respecto al hecho de la misma repite el argumento de sus
predecesores. En relación al modo, rechaza como ridícula y falsa la explicación de
la identidad material del cuerpo 

resucitado con el cuerpo terreno.
La identidad entre el cuerpo presente y el resucitado no 
se basa en la continuidad de la misma materia, puesto que ni siquiera en la
actual existencia se da tal identidad: nuestra sustancia carnal de hoy no es la de
hace años. Para Orígenes, la identidad se funda en la permanencia del eîdos
(figura) que es una cierta virtud incorruptible, de la que resucita el cuerpo, (Nota
mía: esto es la imagen y semejanza con Dios que perdura) y ya ahora salvaguarda
la posesión del mismo y propio cuerpo a través de las incesantes mutaciones de la
materia
La inmortalidad del alma
La Carta de la S. Congregación para la doctrina de la fe (1979) 
aborda este tema en los siguientes términos: «La Iglesia afirma la continuidad y
la existencia autónoma, después de la muerte, de un elemento espiritual, dotado
de conciencia y voluntad, de forma que subsista el mismo yo humano, aunque de
momento 
carezca del complemento de su cuerpo. La Iglesia emplea la palabra alma,
consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la Tradición, para designar a
este elemento. Aunque ella no ignora que este término tiene diversos significados
(espíritu) en la Sagrada Escritura, sin embargo, estima que no se da razón válida
para rechazarlo y juzga al mismo tiempo que un 
instrumento verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los
cristianos» 

Ya en tiempo de los Padres, la palabra alma se consideró fundamental para
expresar la fe cristiana, la cual sostenía la continuidad indestructible del yo
humano, que sobrevive a la 
muerte. Surge así una imagen del hombre, en la que la inmortalidad del alma y
la resurrección de los muertos no son vistas como contradictorias, sino que
representan afirmaciones complementarias de la esperanza cristiana. 
La renovación cósmica
MUNDO/FIN: La resurrección de los muertos plantea la cuestión de la estructura

del mundo ajustada a la nueva corporalidad de los resultados. La conexión del
hombre con el 
cosmos es más estrecha de lo que imaginamos: el estar en el mundo es uno de
los elementos de toda auténtica humanidad.
Esta interdependencia nativa liga a ambos inseparablemente en cualquiera de las
etapas del ser humano. Por eso, una nueva 
humanidad entraña un nuevo universo. 
En un principio, los Padres y escritores eclesiásticos están de acuerdo en
admitir, conforme a la 2ª Carta de Pedro, un incendio definitivo y universal del
cual surgirá un mundo renovado. A partir del siglo IV nos hablan con mayor
cautela de la destrucción final y eliminan toda idea de aniquilación. Así, por
ejemplo, lo expresa San Agustín: «. una vez efectuado el juicio, dejan de existir
este cielo y esta tierra y entonces comenzarán a existir un cielo y una tierra
nuevos. De ningún modo este mundo pasará por aniquilación, sino por mutación.
Por eso dice el apóstol: «La figura de este mundo pasa. Por ende, yo deseo que
viváis sin inquietudes» (1Cor 7, 31-32). En consecuencia, pasa la figura del mundo,
no su naturaleza»
La Iglesia prácticamente nada dice sobre el tema hasta el Vaticano II. Podemos
citar el denominado Sínodo endemousa, celebrado en Constantinopla (543) y
aprobado por el papa Virgilio (540-555), y una intervención de Pío 1 (1459): la
primera condena que todo lo material desaparezca al final de los tiempos; el
papa, que el mundo tenga que consumirse por el fuego. 
Con el Concilio Vaticano II el panorama cambia radicalmente. Son dos los textos
que tratan ex profeso de la cuestión. La Constitución Lumen Gentium enseña: «La
Iglesia, a la que todos hemos sido llamados en Cristo Jesús, y en la cual, por la
gracia de Dios, conseguimos la salvación, no será llevada a su plena perfección
sino en la gloria celestial, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las
cosas (cfr. Hch 3, 21), y cuando, 
con el género humano, también el universo entero, que está íntimamente unido
con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovado en Cristo (cfr.
Ef 1, 10; Col 1, 20; 2Pe 3,10,13)». Aún añade más: «… la renovación del mundo
está irrevocablemente decretada y empieza a realizarse en cierto modo en el siglo
presente…» (n. 48). 

La Constitución Gaudium et Spes dedica un número (39) a la tierra nueva y al
cielo nuevo: «No conocemos ni el tiempo de la consumación de la tierra y de la
humanidad (cfr. Hch 1, 7), ni el modo de la transformación del universo. Pasa
desde luego la figura de este mundo, deformado por el pecado (cfr. 1Cor 7, 31;
San Ireneo, Adversus haereses, V, 36, 1); pero Dios nos enseña que nos prepara
una nueva morada y tierra, en donde habita la justicia (cfr. 2Cor 5, 2; 2Pe 3, 13) y
cuya felicidad colmará y superará todos los deseos de paz que surgen en el
corazón del hombre (cfr. 1Cor 2, 9; Ap 21, 4-5). Entonces, vencida la muerte, los
hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que se había sembrado débil y corruptible
se vestirá de incorrupción (cfr. 1 Cor 15, 42 y 53); y permaneciendo la caridad y
sus frutos (cfr. 1Cor 13, 8; 3, 14), toda la creación, que Dios hizo por el hombre, se
verá libre de la esclavitud de la vanidad (cfr. Rom 8, 19-21)». La doctrina de la
tradición puede quedar resumida en estos tres puntos: 
1) Los Padres enseñan que la vida eterna consiste en la visión de Dios. A modo
de ejemplo, citamos a San Ireneo, San Cipriano, San Gregorio Nacianceno,
San Agustín.
2) El carácter cristológico de la vida eterna (ser o estar con Cristo) aparece muy
pronto:  en San Ignacio de Antioquía, Carta de Bernabé (¿principios del siglo ll?),
San Ireneo… 
Después se repetirá con suma frecuencia: San Cipriano, San Agustín. 
3) El cielo es presentado como una sociedad perfecta y dichosa: junto a la relación
de intimidad con Dios, se da la relación de intimidad con los hermanos (la
asamblea de los santos). La imagen escriturística de la ciudad fue comentada
ampliamente por San Cipriano, San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro de
Sevilla (560-636). 
En conjunto, el Nuevo Testamento no da pie para pensar en
una destrucción pura y simple del mundo. La creación no espera
«morir», sino «renacer»: Está sufriendo ya «dolores de parto»
(Rom 8, 22)68. 
Debemos contentarnos con la afirmación de san Ireneo: 
«Ni la sustancia ni la esencia de la creación serán aniquiladas; lo
que debe pasar es su forma temporal». Si alguien me pidiera
resumir en 

una sola frase este apartado, creo que lo haría así: no
habrá consumación en la historia, pero si será la consumación de
la historia.
La parusía PARUSIA/QUÉ-ES
El término con el que designamos la aparición de Jesús en el
«último 
día» para inaugurar el nuevo eón -parusía- procede del
vocabulario 
helenista, y significa la entrada oficial y triunfal de un rey en
una ciudad. 
Habitualmente hablamos de «Segunda venida», pero más que
una venida de Cristo al mundo es una ida del mundo y de la
humanidad a la 
existencia gloriosa del Señor resucitado. Como dice Rahner,
«Cristo ‘regresa’ en cuanto que todos llegan a él»».
“La muerte no es una ruina sino una restauración. Si Dios ha decretado
que nuestra morada terrestre sea disuelta un día, no es para quitárnosla,
sino para devolvérnosla sutil, inmortal, impasible, de forma semejante, dice
San Juan Crisóstomo, a un arquitecto que obliga a dejar la casa durante
un tiempo, para volver con más satisfacción una vez rehabilitada, más
luminosa y bella” (p. 90).

San Agustín dice que después del Juicio la creación tomará una forma nueva
y gloriosa, en consonancia con los cuerpos gloriosos de los salvados.
La Sagrada Escritura nos habla de “cielos y tierra nuevos” como resultado de
la transformación que sucederá al final. Aunque algunos, como el Profeta
Isaías (cf. Is. 65, 17), usan la palabra “creación”, los Teólogos están de acuerdo de
que en realidad no se trata de una verdadera creación, sino que será un cambio tan
radical que parecerá una creación nueva.
El mundo actual como lo conocemos será profundamente purificado,
transformado y renovado. Los cielos y tierra nuevos estarán adaptados, en forma
desconocida e inimaginable para nosotros, a nuestro nuevo estado de personas

resucitadas en cuerpo y alma gloriosos, quienes viviremos en este nuevo estado
para el resto del tiempo. Y el “resto del tiempo” será también transformado, pues
ya no habrá tiempo, sino eternidad.

ESTO DICE EL CATECISMO:
1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del
Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y
alma, y el mismo universo será renovado:
 
La Iglesia […] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo […] cuando llegue
el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el
universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a
través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (LG 48).
 
1043 La sagrada Escritura llama «cielos y tierra nuevos» a esta renovación
misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta
será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo
por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10).
 
1044 En este «universo nuevo» (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su
morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya
muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado»
(Ap 21, 4; cf. 21, 27).
 
 
1046 En cuanto, al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de
destino del mundo material y del hombre:
 
«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos
de Dios […] en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción […]
Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de
parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu,
nosotros mismos gemimos en nuestro interior […] anhelando el rescate de nuestro
cuerpo» (Rm 8, 19-23).
 

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, «a fin
de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo
esté al servicio de los justos», participando en su glorificación en Jesucristo
resucitado (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 5, 32, 1).
 
1048 «Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y
no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este
mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado
una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya
bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los
corazones de los hombres»(GS 39).
 
1049 «No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien
avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva
familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello,
aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del
Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a
ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios» (GS 39).
 
 
Todo esto es muy complicado pues es misterio, pero según yo entiendo a la Iglesia
hay dos cosas:
 
1) Cuando morimos vamos a la presencia de Dios o sea al mundo espiritual
2) Al final de los tiempos será la Resurrección de la carne donde seremos cuerpos
como el de Cristo Glorificado y el mundo y el cosmo serán transformados en algo
nuevo donde estaremos físicamente en el Reino de Dios. No sé cómo será, no se
más. pero no creo que la Tierra futura sea en el cielo que es un estado espiritual. 
Fíjate que Cristo VIENE a Juzgar vivos y muertos, nosotros no vamos. +++ 

Datos tomados de Mercaba y el Catecismo. Para ampliar conocimientos entrar a:

https://mercaba.org/FICHAS/ESCATO/651-6.htm

https://mercaba.org/FICHAS/ESCATO/651-6.htm